lunes, 27 de junio de 2011

LA CAMANDULA PEPERA

Uno de los espectáculos más siniestros que siempre se han podido contemplar en este país ha sido el del pelota, el baboso, el adulador, el jabonero, el cobista y el camandulero. Sobre todo, en torno a la clase política. Se trata, como ya lo definía Bastús en su Sabiduría de las Naciones de persona con “mucha truhanería”, “hipócrita, embustero y bellaco”, que aparenta una devoción y entusiasmo que no atesora y que busca –como mínimo- el favor, el privilegio, la colocación.

El otro día Juanjo de la Asunción recordaba, al recién estrenado Presidente Bauzá, algo que deseo hacer mío. Decía así: “Los enemigos más peligrosos de su proyecto moral y político se encuentran en el interior del partido”. Sin duda alguna. El principal enemigo –como dijo Karl Liebknecht- siempre está en casa. No se piensa en él y, en consecuencia, puede actuar en silencio y de forma encubierta. Su golpe –porque no se espera- suele ser de una tremenda eficacia.

Lo que verdaderamente resulta atractivo –por su ejemplaridad innata- es el proyecto moral que ha tenido el coraje de esbozar. No suele entrar en los cálculos y objetivos del juego de la acción política, movida por un complejo entramado de intereses y conveniencias. Ya Stefan Zweig, en el Prefacio de la magnífica biografía de J. Fouché, dejó establecido que en política “no se abren paso los hombres de amplia visión moral, de inconmovibles convicciones, sino que siempre se ven desbordados por esos tahúres profesionales a los que llamamos diplomáticos, esos artistas de las manos ágiles, las palabras vacías y los nervios fríos”. Tenía delante, sin duda, el pensamiento de Maquiavelo y la personalidad singular de quien iba biografiar.

Conoce mejor que nadie su propio partido. Sabe la cultura que domina en él y de la que ha hecho gala en el pasado. Sabe igualmente que no se cambia de la noche a la mañana, que siguen los mismos y con parecidas aspiraciones, que son prepotentes y orgullosos, distantes y chulos, cerrados y nada escuchadores, autosuficientes y desagradecidos, acomplejados e hipócritas, amantes de lo suyo y del enjuague. Con este material dudo que crean en su proyecto moral. Han sido muchos los años vividos en la política entendida como marco propicio de corrupción, como instrumento de servicio propio, como clientelismo y profesión.
Precisamente porque viene de ese sórdido mundo –no desaparecido aún- es reconfortante su mensaje y su actuación inicial. Habrá de permanecer, si quiere llevarlo adelante, en constante vigilancia.

Quizás le sirva de estímulo que una parte de la sociedad balear –aunque no pertenezca ni vote a su partido- participa de la necesidad de semejante regeneración ética. Para muchos –que le secundarán si persiste en ese camino- la democracia es, precisamente, un sistema moral de organización.

Quizás, en esta tarea moral, le sea útil la visión de Ronald Reagan, expresada en su famoso discurso de 8 de marzo de 1983. Decía así: “La crisis real a la que hoy nos enfrentamos es de índole espiritual. En su raíz es una prueba de voluntad moral y fe”.

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