miércoles, 1 de junio de 2011

A LA MEDIDA DE SÍ MISMO

Si algo caracteriza a la sociedad actual es, sin duda alguna, su esencial dimensión plural en todos los aspectos. La gente tiende a eludir o matizar bastante los conceptos -hasta no hace mucho- absolutos. Digamos que, de alguna forma, todo se relativiza, todo se hace más fluido y flexible. Esto ocurre también –aunque haya quien no lo comprenda y lo condene- con la religión, con las vías para acceder a lo trascendente, con los caminos que pueden llevar al logro de una cierta perfección humana. Todo el mundo es libre de buscar la verdad a su gusto. Eso sí, con respeto a la que presten adhesión los demás.


Hace unos días, F.J.F. De la Cigoña –en su semanal comentario católico en La Gaceta- exhibía una ácida y muy poco cristiana crítica hacia los intentos de sustituir lo católico por lo que él llamaba ‘terapias orientalizantes’. Nada tendría que reprochar –aunque no la comparta- a su visión. Es la suya y merece todo respeto. Pero, para seguirla, no me parece necesario desacreditar, desprestigiar e insultar, descalificar. Entre otros motivos porque le viene prohibido por la fidelidad a los principios que dice abrazar.
Puede que el servicio que centros católicos prestan a otras opciones, aunque sean ‘orientalizantes’, merezca un reproche desde la óptica estrictamente católica, pero ello, a mi entender, no le autoriza a hablar de los demás con descalificaciones tales como ‘disfunción neuronal’, ‘cretino’, ‘indigencia mental’, ‘retrasados mentales’, ‘excentricidades inútiles’, ‘mandangas’, ‘adscripción a sectas’, ‘subproductos’, ‘necios y necias’. ¿Por qué hay que pensar que los caminos son únicos y excluyentes si, en definitiva, todos pueden llevar al mismo destino? ¿Por qué la oferta alternativa, acreditada secularmente, ha de merecer tan insultantes descalificaciones? No se entiende. Y, desde la perspectiva cristiana, menos todavía.


A decir verdad, me apenan posiciones tan cerradas y tan a la defensiva. Sólo revelan miedo e inseguridad respecto de las propias convicciones. Me recuerdan, desde otra perspectiva, el catolicismo de gueto o la renacida lucha de poder y por la verdad en la Iglesia. También los demás, los otros, los no cristianos, pueden tener –y tienen- auténticas inquietudes humanas y éticas, pueden ser –y son- auténticamente religiosos, trabajan por un mundo mejor y por una vida humana más digna y perfecta. Sencillamente, no creo que, por muy cristiano que uno se sienta, pueda rechazar de esa forma toda la espiritualidad oriental. ¿Por qué no pensar en el siempre posible proceso de aceptación de ciertas prácticas religiosas y visiones espirituales de otros? Todo cristiano debería saber, por ejemplo, la cantidad de cosas que el cristianismo tomó de la filosofía helénica, del budismo, del mundo egipcio y romano (Cfr. T. Freke y P.Gandy, Los misterios de Jesús. El origen oculto de la religión cristiana, Barcelona 2000).


Personalmente prefiero, en cualquier caso, seguir mi propio camino. Como dice Salvador Pániker, “uno configura su visión del mundo a la carta. Uno puede abandonarse al gozo de tomar de aquí y de allá, con cierta agilidad y despreocupación, a la medida de sí mismo”.

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