miércoles, 8 de junio de 2011

NO TENGÁIS MIEDO

Como dijimos (http://plazapublicagredelrio.blogspot.com/2011/04/el-sonado-porvenir-es-muy-frecuente.html) en otro momento mediante una cita de Salvador Pániker, “el pluralismo es el trasfondo esencial de nuestro tiempo. Y pluralismo significa espacio laico”. Esta constatación de la realidad social actual no gusta demasiado en los ambientes jerárquicos católicos. Absolutamente nada en ciertos grupos muy específicos dentro de la Iglesia, que se alzan con el santo y la limosna ¡Peor para ellos! La realidad no se modificará por mucho que se empeñen en negarla y no reconocerla.

Se puede entender su oposición y ese no sentirse cómodos en este espacio laico. Al absolutizar en la práctica los valores y al sacralizar las ideas, su tendencia natural les lleva a una visión única y exclusivista de cuanto ha sucedido y acontece. Visión que se defiende con ciertas dosis de uniformidad, no exenta –a veces- de tintes rigoristas y muy estríctos. No pueden aceptar –lo condenan explícitamente- un saludable relativismo, más o menos intenso. Tienden a refugiarse detrás de la muralla, a concitar unidades, a descalificar a todo disidente, a condenar cuanto se mueve, a invocar a la autoridad.

Aunque les disguste el oírlo, los males en la Iglesia, que tanto les gusta airear, no fueron causados por el espíritu conciliar. Ni mucho menos. Los males venían de muy atrás. Eran una realidad eclesial que Juan XXIII quiso superar con el necesario ‘aggiornamento’. Es evidente que el ejercicio de ‘la sana libertad de los hijos de Dios’ dio, como fruto, una deseada renovación de la Iglesia, cuyas líneas maestras se fijaron en los Documentos conciliares. Todo ello suscitó en la Iglesia y fuera de ella grandes esperanzas. Pero faltaba lo más importante: la acción, la vida, el cambio de mentalidad, el ‘talante pastoral’ efectivo, la plasmación del nuevo espíritu. Es aquí donde se ha fallado una vez más y no por culpa de los medios de comunicación, que magnifican cualquier contestación y problema eclesiales. Es aquí donde los ‘profetas de calamidades’ –que tanto abundan incluso en este tiempo- deberían preguntarse el por qué de muchas situaciones actuales en la Iglesia católica, el por qué se ha llegado al estado de cosas actual, el por qué el Evangelio no es el criterio de actuación en la vida ordinaria del cristiano, y, sobre todo, el por qué de la falta alarmante de la auténtica vivencia de la fe.

No se supo -o no se quiso- diagnosticar debidamente lo que se calificó como ‘decadencia’. Era, hasta cierto punto, esclarecedora e inevitable. Pero, se tuvo miedo y pavor al error, se dejó invadir por la incertidumbre y por el riesgo a traicionar la fidelidad debida al depósito revelado, se volvió a otorgar el protagonismo a la poderosa Curia romana, se dio marcha atrás. Se pensó que, por alguna rendija, se había introducido ‘el humo de Satanás en el templo de Dios’ (Pablo VI). Se abrió, en definitiva, un largo periodo de ‘restauración’ o ‘contrareforma’ (Informe Ratzinger 1985), en el que, en mi opinión, se ha estado inmerso incluso en el pontificado de Juan Pablo II.

Las anteriores apreciaciones les sonarán a los actuales ‘profetas de calamidades’ a herejía. ¿Qué van a decir, si han sido ellos, entre otros, quienes han apoyado y secundado a tope a la Curia romana? En el fondo, como subrayó el Card. Franz König -gran hacedor del consenso a favor de la elección papal del Cardenal de Cracovia- la restauración propiciada desde Roma ‘suena muy parecido a nostalgia por el pasado’. En efecto, todo se ha cambiado en apariencia, todo se ha juridificado a niveles desconocidos hasta ahora, se han multiplicado los organismos y comisiones, se ha incrementado el control de cuanto acontece en la Iglesia. Pero, sin embargo, los problemas siguen siendo los mismos o, incluso, se han agravado. La vida cristiana no remonta. Esta es la realidad.

Me atrevo, por mi parte, a recordar –frente a ‘los profetas de perdición’, frente a ‘los espíritus que sólo ven tinieblas a su alrededor’, frente a ‘los poseedores únicos de la verdad’, las palabras de Jesús: ¡No tengáis miedo! Las mismas que Juan Pablo II pronunció –el 22 de octubre de 1978- ante la tumbas de San Pedro en su solemne investidura.

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