lunes, 4 de julio de 2011

¡CUIDADO CON EL CRISTO!

Nuestro nuevo alcalde ha iniciado su andadura con un gesto muy significativo: restituir, a un lugar destacado de su despacho oficial, el crucifijo que, en los últimos tiempos, había andado errante por diferentes dependencias. De inmediato, Matías Vallés le propinó una atinada crítica, que, en líneas generales, comparto.

Vaya por delante que nada tengo que oponer a la competencia y preparación de Mateo Isern. Igualmente, sus convicciones religiosas –incluidas las que manifiesta con la restitución del Crucifijo-, me merecen absoluto respeto. Sin embargo, espero que sea muy consciente de ciertas obviedades: sus convicciones religiosas no son necesarias para el ejercicio de su función pública, tampoco tiene que hacer ostentación de algo que pertenece a su vida privada e íntima, ni, sobre todo, viene obligado a gobernar la ciudad de acuerdo con ellas. Nos es suficiente con que observe la legalidad vigente y se atenga a los principios de una ética civil y laica, que, como ya enseñó Kant, no necesita para nada de la religión. ¿Por qué, entonces, iniciar su gestión con ese gesto tan cargado de simbolismo?

No es fácil cambiar –menos aún después de un triunfo tan espectacular- una organización política. Mucho me temo que, en el entorno y aledaños de la dirección del PP, siguen todavía muy activos representantes del viejo catolicismo. Me refiero a aquellos sectores que suelen distinguirse por sus posiciones más doctrinarias y fundamentalistas y que despiertan serias dudas sobre la aceptación, con todas las consecuencias, de ciertas exigencias constitucionales e incluso –para mayor inri- de algunas enseñanzas de Benedicto XVI. Ya sé que el Estado español se autodefine como aconfesional: el Estado no profesa religión alguna. Pero también se define –aunque a muchos no parece gustarles- como laico: neutralidad e igualdad de trato. De acuerdo con esta definición, no todo lo que significa cambio en la consideración de la religión por parte del Estado se ha de descalificar –cosa habitual en amplios sectores del PP y del catolicismo oficial- como laicista. Es un grave error que cometen. Recuerden, al menos, que Benedicto XVI habló –hace ya mucho tiempo- de una sana laicidad positiva.

Tengo la impresión –cosa que lamento- de que son muchas las resistencias que se aprecian en el PP para aceptar algo tan obvio como que la sociedad en que vivimos es una sociedad secularizada y laica, esto es, pluralista, que ha de estar presidida por la libertad de conciencia, garantizada, por cierto, constitucionalmente. No necesitamos –y menos aún desde el ámbito de la política- que nos estén adoctrinando constantemente, marcando el rumbo a seguir, fijando el camino ideológico correcto, expresando, mediante símbolos como el que ha protagonizado nuestro Alcalde, el espíritu que ha de presidir una determinada gestión pública. No, no es eso. Cada cual, desde la modernidad, sabe que es libre para “adoptar la concepción del mundo que mejor se le acomode” (Salvador Pániker).

El respeto a estos principios –esenciales en la cultura actual- han de imponer una comunicación con el ciudadano –con todos, aunque sean ateos- en la que ninguno se sienta incómodo en el despacho de la primera autoridad ciudadana. ¿Sirve a este fin su gesto de restituir el Crucifijo? Respóndase Vd. mismo, Sr. Alcalde, pensando no en sus convicciones sino en las de los demás.

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