viernes, 24 de junio de 2011

DIETA EQUILIBRADA

A decir verdad, llevamos en España un largo tiempo envueltos en una auténtica barahúnda de opiniones y debates. Estamos siendo protagonistas de una especie de caótico carnaval. Todo el mundo opina de todo, emite juicios de valor, ofrece soluciones. Todo se critica cuando interesa. Todo está mal organizado. Todos –los demás- son los culpables de lo que nos está pasando. Todos nos sentimos indignados. Un verdadero espectáculo tragicómico que, a mi entender, protagonizan sobre todo los llamados intelectuales y los medios de comunicación. Nada que oponer a toda esta algarabía si no fuera por que siempre nos colocamos a la solana que más calienta y, a la postre, se sirve a los extravíos más extraños. Nada que oponer si no fuera porque España está hecha unos zorros, cada día más cansada y maltrecha. Nada que oponer si no fuera porque caemos en todas las trampas que nos tienden y, curiosamente, nunca se expresa una oposición callejera frente a quienes nos han gobernado en los últimos años. ¿Cómo es posible que tanto esfuerzo y aparente participación sean estériles e ineficaces? ¿Cómo creer en las buenas intenciones de tanto indignado?

Hace unos días (12.06.2011), ‘La Razón del Domingo’ incluía una entrevista con el gran pintor Antonio López. No me resisto a transcribir alguna de sus reflexiones ante el modelado de una cabeza de mujer, de una Olimpia. Dice así: “ En España, lo que nos hace falta ahora es silencio, salir del ruido como sea, dejar de oír esa cacofonía interminable de ruidos y opiniones que sólo hacen repetir una y otra vez lo que otro ha dicho”. Creo, sinceramente, que lleva razón. Está muy bien que se opine, que se comuniquen y compartan ideas y puntos de vista. Pero -sigue afirmando-, “la democracia es también dejar que cada uno pueda construir su opinión...” y –añadimos nosotros- asumir una ética o unos valores morales, que orienten nuestra vida personal y nuestra presencia activa en la sociedad, nuestra rebeldía. Es tan ensordecedor el ruido que nos envuelve, que no nos escuchamos a nosotros mismos, que no encontramos las condiciones idóneas para reflexionar interiormente en lo que vamos experimentando y verificando, que no tenemos el coraje de someter lo que, por comodidad, copiamos de otros al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. Así es difícil -por no decir imposible- identificar lo que queremos y exigirlo en el día a día. Así siempre estamos dando vueltas a lo mismo: lo correcto políticamente, que nada tiene que ver con nuestros verdaderos intereses. Así siempre nos utilizan y manipulan. Así siempre servimos a quienes nos oprimen y nos recortan las libertades. Así seguimos apoyando el sistema, que decimos querer cambiar.

Estamos ahora en plena eclosión de algunos indignados. Éstos, en realidad, son muchos más, infinitamente más. Estamos –quiero pensar que así sea- escenificando nuestra rebeldía social y política y la apetencia de un mundo distinto, que encierra, como dice Vargas Llosa, “una desesperación tenaz, un disgusto profundo de la vida”, que vivimos. Pero, quizás, no nos atrevamos con la pregunta clave: ¿Qué parte de responsabilidad tenemos individualmente en esa desesperanza o en la creación de las condiciones que la han hecho posible? ¿Acaso no ha surgido todo lo que ahora nos indigna ante nuestra cómplice indiferencia? ¿Hemos caído en la cuenta de que lo que, hasta ahora, hemos estimado como más valioso y más facilitador de autorealización personal se ha derrumbado con estrépito?

Ante tanto fracaso individual y colectivo –aunque esto no guste escucharlo-, quizás debamos buscar una dieta más equilibrada. Aunque a muchos les parezca una cursilería, quizás en nuestra dieta diaria haya que introducir el silencio, esto es, recurrir a lo eterno que llevamos dentro, perfilar nuestro compromiso social y político más allá –por supuesto- de la opciones políticas y, sacando fuerzas de flaqueza, poner en escena esa fuerza sublime que brota del interior, ese compromiso sagrado con una moral cívica, que se oponga a tanto engaño como padecemos. ¿Cómo podemos apoyar a quienes faltan, por sistema, a la verdad? Me parece muy bueno mostrar indignación. Pero –por favor- ¿Por qué no nos indignamos también un poquito con nosotros mismos, cómplices necesarios de tanto atropello a nuestros derechos?

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