Ramón Aguiló planteaba, en su habitual columna periodística de opinión, una cuestión clave a los socialistas: “Cabe preguntarse por qué aquí, con una legislatura en la que no se ha hablado de otra cosa que de los escándalos de corrupción del PP de Matas, este partido haya conseguido el récord de representación de toda su historia con 35 diputados. Pero, atención, con parecidos votos y porcentaje que en 2007. No ha sido una victoria aplastante del PP, ha sido un hundimiento sin precedentes del PSIB-PSOE”.
Me temo que el ex alcalde socialista ofrece a sus correligionarios un plato indigesto. Sus explicaciones les darán repelús y no lo tomarán. Sus estómagos no están adaptados al esfuerzo que reclama la digestión de la hecatombe sufrida. Personalmente me gusta el menú. Quiero, no obstante, completarlo con una ácida guinda, que lo remate.
Fingieron en lo exterior honestidad democrática: limpiar la política balear de corruptos. Al servicio de tan noble y responsable afán -¡qué menos!-, activaron todos los resortes de que dispone un partido de gobierno autonómico y nacional y desplegaron todos los medios a su alcance. Contaron, por supuesto, con la policía y la guardia civil, ejercieron la acusación, excitaron el celo de fiscales y jueces, y tuvieron el eco interesado de casi todos los medios de comunicación. Un proyecto político, en definitiva, tan generoso y benéfico que merecería el eterno reconocimiento de la ciudadanía.
Sin embargo, en el interior del alma -como diría Quevedo-aquella apariencia tan deslumbrante ocultaba su verdadera naturaleza corrupta, hipócrita y antidemocrática. Para nadie -con un mínimo de objetividad y capacidad de análisis- pasó desapercibida. Se sabía o, al menos, se sospechaba que no se estaba jugando limpio. Al margen de la investigación de los presuntos corruptos, se apreciaba claramente el maltrato a otros valores constitucionales que nos afectaban a todos y que no parecía que estuviesen siendo salvaguardados ni que funcionasen como límite del poder. Era realmente difícil que muchos ciudadanos -al margen del juicio que les mereciera el señor Matas y su gobierno- pudiesen sustraerse -a la vista de cómo se actuaba- a la tentación de calificar lo que estaba sucediendo como un inmenso tinglado, como una vergonzosa operación política contra el adversario. No debiera extrañarse nadie de que muchos ciudadanos tuviesen dudas razonables sobre la imparcialidad e independencia de algún juez y fiscal progresista, esto es, político. Aquí nos conocemos todos y de qué pié se cojea. Son muchos los ciudadanos que intuyeron, desde el primer momento, la existencia de un cierto ensañamiento procesal, un cierto trato discriminatorio, la utilización de una doble vara de medir, acusaciones aparentemente fundadas en la mera sospecha. Al menos, nadie podrá negar que se ha dado pié, en la mejor de las interpretaciones, a poner en entredicho demasiadas cosas y valores.
Cuando ocurren estas cosas y cuando se contempla semejante gatuperio, surge necesariamente en el horizonte la incertidumbre, la duda, la sospecha, el miedo. Con estos ingredientes sobre la mesa, no se puede esperar otra cosa que el justo castigo a tan hipócrita instigador. Si a todo ello añadimos que se aparentaba servir de azote a la corrupción -cuando se accede al gobierno de las instituciones en base a un pacto obsceno y antidemocrático con UM-, se cierra el círculo. Es más, el ciudadano responsable no se siente cómodo ante el espectáculo de la utilización e instrumentalización del aparato estatal en beneficio propio de quien lo gestiona. Mucho menos aún, el ciudadano normal -milite o no en alguna opción política- ve con buenos ojos la adulteración de la voluntad popular. ¿Aún se preguntan, señores socialistas, por qué?
Es muy sencillo. La predicada honradez hay que demostrarla cada día. No se puede aparentar luchar contra lo que, por debajo, se propicia. No se puede estar en la procesión y repicando en el campanario. Se les ha visto el plumero. ¿Aún se preguntan, señores socialistas, por qué? Está claro. Si no quieren verlo, peor para ustedes. ¡Ni que fueran Mouriño!
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