No sé qué extraño mal fario nos persigue. Nuestra clase política parece estar empeñada en destruir el Estado. Se pasan el tiempo verbalizando ideas, proponiendo actitudes y realizando políticas que conllevarán, a no tardar mucho, a su destrucción misma. La sociedad, por su parte, engulle sin rechistar semejante manjar, oportunamente jaleado por ciertos medios que viven en la solana del poder.
En la lucha contra el terrorismo de ETA, se ha optado, para apaciguar a la fiera, por dejarse devorar por ella. Frente a tan indigna e ignominiosa política, las víctimas han levantado –una vez más- su voz y han expresado una rotunda oposición. Tan lógica y digna actitud ha sacado de quicio al PSOE, a los partidos nacionalistas y a los medios que los jalean. No es extraño que hayan perdido el sentido mismo de lo que debería ser un Estado democrático.
Mal que les pese a muchos, la democracia es algo más que ir a votar. El verdadero poder reside en el pueblo, que lo entrega a sus representantes para que le sirvan y tutelen sus derechos. Dicho servicio y tutela es siempre el verdadero criterio ético para calibrar la calidad democrática del ejercicio del poder político. La democracia es, por todo ello, un sistema ético. Si no se atiene a esta vocación originaria, el político queda deslegitimado y lo mejor que podría hacer es irse a su casa.
En este marco, es absolutamente inmoral y cínico que se niegue a los ciudadanos –sean o no víctimas del terrorismo- el derecho a la crítica de la acción política. No es cierto que, una vez haya votado, el ciudadano ya no tenga nada que hacer y decir. Tampoco es cierto que las víctimas no tengan nada que oponer cuando sus representantes fijan la política concreta frente al terrorismo. Sin embargo, lo hemos oído proclamar, una vez más, por sesudos políticos.
Cualquier ciudadano, que paga sus impuestos, que da de comer a la clase política, puede ejercitar sus derechos, puede oponerse y manifestar en público y privado dicha oposición a cualquier política. Diría que el político, por mucho que haya sido votado, no puede hacer cualquier cosa ni en materia de terrorismo ni en ninguna otra. Siempre existe un límite ético en la acción política.
Ya sé que estas ideas no gustan a la mayoría de la clase política. Pero, lo que ocurre es que ésta ha perdido –hace ya mucho tiempo- el sentido mismo de la función que el pueblo le ha encomendado y al que, en teoría, debe servir. Prefiere, en general, seguir en el machito, que se le aplauda incluso su pésima gestión y –en el colmo de la caradura- que se le vuelva a votar. Pues, por desgracia, así será. Definitivamente se ha perdido el sentido de la función política.
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