Unos días antes de las últimas elecciones, nos contaba R. Aguiló Obrador la propuesta educativa del PSIB: “un impuesto para los malos (los bancos) y dárselo a los buenos, a los pobres licenciados que necesitan de más formación para encarar la marabunta escolar”.
Perfectamente de acuerdo con el juicio que le merecía. Nunca el sistema educativo ha gozado de mayores ayudas económicas y nunca ha obtenido un fracaso mayor. El problema, por tanto, no residía ni reside -aunque bien venida sea una mejor financiación- en recortes de carácter económico. Quienes –corifeos de la izquierda- no han dicho esta boca es mía frente al despilfarro del anterior Gobierno quedan deslegitimados para quejarse a la hora de que otros intenten arreglar el desaguisado.
No comparto, sin embargo, que el fracaso escolar no tenga nada que ver con el profesorado. Para mi tiene mucho que ver. Es obvio que no se puede meter en el mismo saco a todo el colectivo. Pero –hablando en general- me parece obvio que ha desaparecido el maestro vocacional de antaño. ¿Ello ha sido positivo? Para mí, profundamente negativo y de urgente reforma.
Además me parece muy acertada esta otra constatación del Sr. Aguiló, a saber:”Llevamos ya más de dos décadas con la misma farsa; hemos creado una verdadera industria de la pedagogía para preparar, adiestrar, aleccionar a miles de absortos titulados mientras dejábamos que el otro amarre esencial de la educación, la familia, se despeñara por el abismo de la precariedad laboral y la miseria financiera”. Impecable.
Por mucho que aceptemos lo que se ha dado en llamar “la dictadura de la pedagogía” –necesaria, sin duda, a un cierto nivel-, estamos fallando estrepitosamente en la familia, en los padres del alumno, que no apoyan, que, a veces, rechazan, que se hallan absorbidos por otros problemas ineludibles. Sin la familia, fracasará la educación por mucho dinero que pongamos a disposición del sistema educativo. ¿Familia? Absolutamente maltratada por todos y desde múltiples puntos de vistas. ¡Apañados estamos!
Me llama la atención –desde otra perspectiva- que un cierto profesorado hable muy poco de los valores de la secularización, de las religiones y de la ilustración. ¿Por qué será? Respóndase Usted mismo, amigo lector y así evitaremos el enfado de algún profesor. Creo sinceramente que nos merecemos el título de aquel arquitecto que construyó el puente por donde no pasaba río alguno. Como el bobo de Coria.
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