martes, 15 de febrero de 2011

TE DIRÉ DE LO QUE CARECES
El pasado 2 de febrero de 2011 volví a sentir una cierta vergüenza ajena al leer en “La Gaceta” –diario del Grupo Intereconomnía- la colaboración del Sr. De la Cigoña a propósito del nombramiento de Hans Küng como Doctor honoris causa por la UNED. Puedo entender que el teólogo suizo no le caiga bien. No me sorprende. Son muy conocidas las posiciones doctrinales del colaborador de ‘La Gaceta’. Pero, lo que no se entiende es que descienda al insulto a los demás. La caridad es un mandato para todos los seguidores de Jesús.
Como tantos otros, el Sr. De la Cigoña tiene –al parecer- enfilado al Dr. Küng y, oportuna e inoportunamente, lo descalifica. Es típico de ciertos miembros de ciertos grupos de la derecha católica. Se sienten poseedores de la verdad y arrasan a cuantos disienten de sus planteamientos. Son muchos quienes lo llevan sufriendo desde hace mucho tiempo. Es más, se arrogan el derecho y la autoridad de arrojar a cualquiera a las tinieblas externas. Ejercen la censura, el silencio, la condena. Por menos de un pito, te cuelgan el sambenito de ‘traidor’. ¡Vaya testimonio cristiano!
En su afán por seguir la consigna, se parece al perro que aúlla de forma lastimera y prolongada. No deja títere con cabeza. Descalifica el nombramiento del ‘disidente’ teólogo porque la UNED ‘es una universidad sin especialización teológica’ y porque todo se debió a la propuesta de un ‘ex jesuita secularizado’, discípulo suyo. Título -subraya- que no vale nada, pues es reconocimiento ‘a lo que se desconoce’. Da por supuesto -hay que ver hasta dónde puede llegar el prejuicio- ‘que la inmensa mayoría del claustro de la universidad a distancia no tiene ni idea de quién es Küng o apenas una vaga constancia de su existencia como clérigo contestatario’. Incluso califica a quienes apoyaron su nombramiento como cuerpo ‘docente indocto’. En su manifiesta indignación, realiza esta comparación: ‘es como si el Real Madrid diera un premio a la física cuántica o la asociación de gays y lesbianas a la familia numerosa’. ¡Sin comentarios! ¡Lamentable!
Se puede disentir -no faltaba más- de todo, hasta de los planteamientos de Hans Küng. Pero, con respeto, con conocimiento de causa, con razones y no con descalificaciones personales. No parece que sea honesto servirse de la injuria y del agravio. Mal que le pese al Sr. De la Cigoña, sus libros y sus reflexiones no son ‘un ayer que no volverá’. Si así fuera, no le señalaría con tan incendiaria soflama. Lo que no le gusta es que todavía tenga validez y que sus aportaciones no hayan sido, en muchos casos, superadas. Siguen interrogando y comprometiendo al cristiano y a la Jerarquía. Gozan de actualidad y son siempre un necesario punto de referencia en la doctrina católica.
Como contraste a la propuesta del Grupo Intereconomía, recuerdo la Cátedra de los no creyentes, que institucionalizó el Arzobispo de Milán, Card. Carlo M. Martini. ¡Qué talante tan diferente! ’Yo quería –nos dice- gente pensante que interviniese con su búsqueda de la verdad’. Los no creyentes convertidos en docentes. ‘Ellos tenían algunas aportaciones críticas para hacer que llevaron a la Iglesia a introducir correcciones y, sobre todo, a una ampliación del horizonte’. Todo el mundo, cualquier cristiano –máxime si además acredita una competencia científica de tanta altura como el Dr. Küng- puede y hasta debe manifestar su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia, señalar problemas e injusticias que pueden existir, subrayar la actitud necesaria de diálogo con la gente –de dentro y de fuera- que pregunta y que busca, indicar las reformas necesarias sobre todo para ser coherentes con la doctrina conciliar y con el Evangelio de Jesús, etc. No es tarea fácil. Se necesita coraje, esto es, ‘no retroceder ante las dificultades, sino avanzar y permanecer en diálogo con todos’ (Card. Martini). ¿Está en esta línea el Grupo Intereconomia en su orientación religiosa?
Quizás, para terminar, podamos valorar la actitud del Sr. De la Cigoña con unas palabras de don Francisco Rodríguez Marín en el prólogo para la edición de 1914 de las Novelas Ejemplares de Cervantes. Decía así: “Hombres hay que estimándose por cultos, abominan de los eruditos y tienen a gala burlarse de la erudición. Los que leen deben mirar con desconfianza a estos tales. Ya lo advirtió el refrán: Dime lo que aborreces, y te diré de lo que careces” (Iribarren, El por qué de los dichos, Pamplona 1998, pág. 311).

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