viernes, 18 de febrero de 2011

LO ESTAMOS PAGANDO MUY CARO
A poco objetivos que intentemos ser, debemos admitir que, en materia de enseñanza, lo que se lleva, lo que es aceptable es la no exigencia, el no esfuerzo, la meliflua comprensión del profesor respecto de la falta de interés y superación del alumno, la tolerancia frente a actitudes de contestación y, a veces, de violencia, la falta de colaboración de muchos padres, el desastre del sistema mismo. El resultado, por mucho que intentemos mirar para otro lado -que lo hacemos- es manifiesto: fracaso total, suspenso puro y duro. Esto es así en todos los niveles: desde el parvulario a la universidad.
A partir de tan catastrófica realidad -representa el mayor de nuestros problemas colectivos-, se entiende perfectamente lo que nos ocurre en la convivencia ciudadana. Si algo revela el enfrentamiento que protagonizamos, la corrupción de todo tipo que padecemos, el pésimo funcionamiento de las instituciones que toleramos, el sistema que nos atenaza, el poder que no nos sirve, la falta de preparación para competir en el trabajo, es la falta de una sociedad madura y responsable. Entre nosotros, se considera normal lo que, en otros países, es intolerable y no se permite en modo alguno. ¿Por qué somos así? ¿Por qué renunciamos al protagonismo que nos corresponde?
Recientemente Martín Ferrand ha recordado -aunque no sea políticamente correcto hacerlo- que “... el mayor factor compensador de los errores del franquismo, el que sirvió de base para el progreso y la Transición, fuera la enseñanza que, aunque denostada por autoritaria en sus métodos, fue excelente en sus frutos”. Sin duda alguna. ¿Por qué no volver a la esencia del sistema educativo anterior? ¿Por qué no volver a la esencia y a las virtudes de aquel bachillerato francés, que copió el franquismo? ¿Por qué no reeditar lo mejor del sistema educativo inglés?
Aunque esto puede escandalizar a mucho pusilánime (en el Reino Unido, el Gobierno Cameron lo está intentando en este momento), se trata de recuperar algo que me parece elemental y de sentido común: rigor, disciplina en el estudio, conocimiento de contenidos, respeto en la convivencia, atractivo (vocación) en el profesorado. No es cuestión ni de seguir con la Logse ni de aumentar el número de horas lectivas en alguna que otra asignatura. Va mucho más allá. Lo que tenemos que modificar es el sistema mismo educativo, la mentalidad de profesores, padres y políticos. Todo un programa de trabajo colectivo para un montón de años.
Recuerdo ahora a Concepción Arenal, quién dejó dicho que “la sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos”. Una gran evidencia, que nos empeñamos en no ver porque nos acusa. La sociedad española, en efecto, lo está pagando tan caro que parece haber perdido su capacidad de reacción. Su falta de sensibilidad y sus buenas tragaderas imponen tan desoladora conclusión. Con la que está cayendo, con el panorama que tenemos delante, con las mentiras que nos han echado, con la corrupción que financiamos, con el desgobierno que sufrimos y no acabamos de reaccionar. ¿No creen que estamos pagando un precio muy
alto?
Vivimos tiempos de verdadera crisis y no sólo económica. Venimos asistiendo al bochornoso espectáculo de señalar culpables de la misma, siempre alejados de uno mismo. Los culpables o, si se prefiere, los responsables siempre son los otros, el vecino. Nadie, sin embargo, se ha atrevido -salvo muy contadas excepciones- a relacionar la crisis con el deterioro de la educación. Existe, sin duda, una relación causal, ya subrayada desde los tiempos de Pitágoras para quien “educar no es dar carrera para vivir sino templar el alma para las dificultades de la vida“. Idea que ya fue formulada también en pleno s. XIX por Herbert Spencer: “el objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás” (Cfr. T. González Ballesteros, Educación y crisis social, en ABC, 1.02.2011, pág. 3).
Los responsables políticos –que pagamos y padecemos- son los verdaderos responsables del desastre social. Ellos no lo reconocen ni lo reconocerán jamás. Pero, lo son. Se limitan -¡no faltaba más!- a prometer medidas y soluciones para el futuro, que, en cualquier caso, no abordan las verdaderas causas a través de las cuales se ha llegado al fracaso. Lo malo y lo grave –dada la sociedad inerme que tenemos- es que nos lo creemos, lo aplaudimos y lo financiamos. Hasta el año siguiente en que un nuevo informe internacional nos vuelve a poner antela evidencia de que seguimos remandado hacia atrás.
Hago mías, para terminar, estas palabras de González Ballesteros: “La educación, la enseñanza y la cultura son el origen y fundamento de la libertad del hombre y de la sociedad. Y toda sociedad inculta y en crisis es terreno abonado para ser dominada y manipulada”.

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