martes, 1 de febrero de 2011

HABLAR CLARO
Hace unos días, José Luís Balbín refería una advertencia que le hiciera un colega sueco. Decía así: “Te advierto que no es tan fácil ser demócrata. Llegado el momento, es muy difícil reconocer que nos hemos equivocado, que el adversario tenía razón, que podemos habernos merecido la pérdida de unas elecciones y que hacer trampas para contrarrestar los hechos es una actitud miserable y antidemocrática”. No le falta razón, aunque se podría completar la lista -que padecemos y toleramos- con infinidad de conductas antidemocráticas de cierta clase política.
No me importa demasiado la exhibición de demócratas que todavía se busca rentabilizar políticamente: mucho antifranquista y antifascista, mucho progresista, mucho de izquierdas, mucho antifalangista, mucho revolucionario. A estas alturas -cuando tuvieron que aparecer no estaban ni se les esperaba-, ya es una mercancía caduca. ¿Cómo puede haber todavía una clase política que piense que tan obscena retahila puede mover a la gente? ¿O es que, por desgracia, el político está persuadido de que la sociedad española es tan ignorante o tan lanar que todavía se mueve con tales apelaciones? Lo que ahora importa, en mi opinión, son los hechos, las conductas reales, el comportamiento democrático en el día a día, más allá de los votos obtenidos en proceso electoral, plago de mentiras.
Personalmente jamás me he sentido representado por político alguno. Aunque hayan sido elegidos, lo cierto es que no son representativos del pueblo soberano. Se representan a sí mismos. No sirven -ni por equivocación- al interés general. Se sirven a sí mismos y a sus intereses. Actúan en función de intereses partidistas. Nunca han aceptado ni quieren oír hablar de la legitimidad de ejercicio (actitud ética) porque saben que, en ese terreno, no llegan al mínimo exigible. Mienten compulsivamente. Sienten un instintivo horror a la libertad. No quieren a su lado a nadie que piense por libre o que no esté dispuesto a someterse. Esta es -mal que les pese- la impresión generalizada.
En este marco, lo ocurrido en Asturias y Valencia (Cascos y Asunción) es de aurora boreal. Bueno, una de tantas, en realidad. ¡Con lo fácil que es hacer las cosas a partir del voto de los militantes! Ni el PP ni el PSOE -por mucho que anden a la greña a este respecto- han dado la talla. ¡Qué espectáculo! La ausencia de democracia interna en los partidos es clamorosa. No es cosa de que en unos sea, según dicen, mayor que en otros. La libertad es indivisible: o se tiene en todo o no existe libertad. Y, si esto es así, ¿cómo, luego, estos partidos van a procurar la democracia y la libertad a los ciudadanos?
Es realmente vergonzoso escuchar las falsas justificaciones, que se exhiben, para defender lo indefendible. Lo haga quien lo haga: los aparatos de los partidos o los medios que los apoyan. No se respeta nada. Ni siquiera la vida personal. Todo demasiado obsceno. Con lo sencillo que sería convocar a los militantes y que éstos se ejercitasen en el noble oficio de votar. Por todo ello, uno siente el placer de ver -de vez en cuando- a hombres, como Cascos y Asunción, que se atreven a decir: ‘non serviam’. Sólo de esta gente, al frente de una cierta sociedad rebelde, puede venir la regeneración democrática, tan urgente en este viejo país llamado España.

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