SÉ TÚ EL CAMBIO
Aunque no era necesario, la Santa Sede ha creído oportuno poner fin -de una vez por todas- a las falsas especulaciones e interpretaciones a propósito del uso del preservativo. Las palabras de Benedicto XVI en Luz del mundo (libro-entrevista con el periodista Peter Seewald), “no modifican ni la doctrina moral ni la praxis pastoral de la Iglesia”. En la Nota de la Congregación para la Doctrina de la fe, el Papa se refería “de modo particular a un comportamiento gravemente desordenado como el de la prostitución”. Y, para que no quepa duda alguna sobre el particular, se insiste en que “el Santo Padre no habla de la moral conyugal, ni tampoco de la norma moral sobre la anticoncepción, reafirmada con términos muy precisos por Pablo VI en el número 14 de la encíclica Humanae Vitae”. La conclusión, en consecuencia, es obvia: pensar que de sus palabras “se pueda deducir que en algunos casos es legítimo recurrir al uso del preservativo para evitar embarazos no deseados es totalmente arbitrario y no responde ni a sus palabras ni a su pensamiento”.
Una vez más, se han puesto de relieve dos cosas que ya se sabían: 1). Que “no hay nada más atrevido que la ignorancia activa”, que diría Johann W. Goethe. Una doctrina moral de esta trascendencia no se modificará – en el supuesto muy lejano de que Roma se decidiese por el cambio- mediante una simple entrevista papal. Ello está en las antípodas de los usos y costumbres del Vaticano. 2). Que –no obstante lo cual- el equívoco pudo encontrar su explicación en el ansia (sufrimiento) que experimenta el pueblo de Dios a favor de un cambio radical en el rigorista dictado moral vigente desde la encíclica Casti Connubii (1930) de Pío XI y el posterior Discurso de Pío XII (1951) a las comadronas católicas. Hasta ahora, toda ha sido inútil. Ni siquiera el Concilio Vaticano pudo impulsar el cambio.
Los términos de la cuestión se formulaban –y se formulan- así: Toda forma de anticoncepción, cualquiera que sea el medio para lograrla (mecánico o interrupción del acto sexual), es condenada como pecado mortal. La consecuencia es clara y dura. Para los esposos cristianos que deseen permanecer fieles a la Iglesia, sólo existe una salida alternativa: la abstinencia total o el utilizar los periodos no fértiles (método Knaus-Ogino). ¿Qué respuesta merece, desde la fe católica, el criterio o principio alternativo de la paternidad responsable?
Hubo ciertos momentos de esperanza durante el Concilio. Las intervenciones del patriarca Maximos, del cardenal Léger (Montreal) y del cardenal Suenens (Malinas-Bruselas) marcaron un verdadero hito a favor del cambio. Tan fue así que las maniobras de la todopoderosa Curia romana no impidieron dos sendas votaciones, clara y mayoritariamente favorables. Sin embargo, una vez más, Pablo VI sale al rescate y, después de múltiples componendas, se aprueba una cosa y la contraria en relación a la paternidad y maternidad responsables, como es de ver en los nn. 50 y 51 de la Constitución pastoral Gaudium et spes. Eso sí, en una nota a pié de página, se remite a la solución definitiva del Papa, que la formulará en la encíclica Humanae vitae (25.07.1968). Encíclica que se calificó, en muchos ámbitos eclesiales, como una verdadera provocación, siendo, además, el documento pontificio que ha encontrado más resistencia en el mundo.
Aunque seguiremos con el tema, apelo, por ahora, a la propia conciencia y digo, con Mahatma Gandhi, “sé tú el cambio que quieres para el mundo”.
viernes, 4 de febrero de 2011
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