domingo, 22 de julio de 2007

PERAS AL OLMO
Ha dicho –y con razón- Pérez Reverte que “mirar hacia otro lado es más socialmente correcto y no le complica a uno la vida”. Incluso, si se asume tal actitud al abordar cualquier tema que tenga que ver con la mujer, evitas que te llamen “machista”. Tan melifluo totalitarismo, mayoritariamente aceptado, nos inocula dulcemente un veneno muy mortífero: no interrogarnos por las causas, por el por qué, de los fenómenos sociales. Lo cual distorsiona el diagnóstico e inutiliza las soluciones que se ponen en marcha. Es más, sin pretenderlo, se impulsan los propios fenómenos que buscamos erradicar –las paradojas, que ha subrayado el filósofo canadiense Sébastien Charles-.
La valoración precedente explica cuanto nos sigue ocurriendo en el seno de la familia actual y en el modo de estar en la misma. Estamos fracasando porque insistimos en buscar la solución desde un dogma de la corrección femenina: la superioridad y sometimiento que ejerce el varón. Tal prejuicio (ideología de género) es lo cómodo, lo fácil, lo femeninamente correcto, lo que puede rentabilizar en votos, lo que no le complica a uno la vida. Pero huye de indagar en las verdaderas causas, entre otras cosas porque nos interpelan y acusan a nivel individual y colectivo. No sólo no hemos erradicado la violencia sino que va en aumento. No sólo no hemos estabilizado la familia sino que su ruptura alcanza ya a un 75%. ¿Por qué no somos capaces de pensar que algo estaremos haciendo rematadamente mal?
Dicho de otra forma y sin tapujos, creo sinceramente –como vengo repitiendo desde hace mucho tiempo- que la violencia existente en la familia no se logrará evitar, ni erradicar por fin, con pulseras, con Juzgados especiales, con más policías, con órdenes de alejamiento, con observatorios sobre la violencia ejercida sobre la mujer, con pisos de acogida, con denuncias y más denuncias, con estadísticas de todo tipo, con imposiciones en el lenguaje, con jueces y fiscales adictos a la ideología de género, con concesión de privilegios, con exhibiciones de victimismo, con aplicaciones indiscriminadas de la caridad de género. Todo esto ya se ha puesto en marcha y ahí está el resultado obtenido. ¿Por qué nos empeñamos en casarnos con el error o, como diría Baltasar Gracián, por qué hacemos ostentación de equivocarnos?
Al margen de que en las anteriores medidas puede haber muchos anversos obscenos –que los hay- e incluso al margen de aceptar como válidas y complementarias algunas de ellas, lo cierto es que no se hace hincapié en las causas de fondo. Éstas tienen mucho más que ver con los valores que sustentan la conducta de la gente, con el grado de madurez personal que se acredita, con la actitud con la que se forma la pareja y se está dispuesto a permanecer en ella, con el sentido de la propia vida de que se participa, con el compromiso de vida en común que se quiera asumir, con el entendimiento de que hay que dar más que recibir, con la disposición a practicar la tolerancia, el respeto y el sufrimiento ante las dificultades de la convivencia, con abrazar el principio de que se educa con el ejemplo, con no uncirse al carro de la indiferencia, la mediocridad y la superficialidad, con el afán por lograr un cierto grado de perfección personal, con la no divinización del bienestar presente, con el decidido propósito de compartir el poder en la pareja.
Desde esta perspectiva, de nuevo incurrimos en otra paradoja de la era hipermoderna. Ésta, en el tema que venimos tratando, consiste en empeñarnos en atacar y destruir aquello que es la solución. En efecto, la clave salvadora reside, a mi entender, en la educación personal, que sólo se genera y acrecienta en el ámbito familiar. Pues bien, he ahí una de las instituciones naturales menos mimadas y cultivadas en estos tiempos, menos sentidas y utilizadas para transmitir ciertos valores esenciales, más dilapidadas por todos. ¿Qué podemos esperar? Esto mismo, le ocurre a las instituciones públicas. Fomentan políticas, sin contenido ético, que todo lo relativizan; fomentan una instrucción en las escuelas ajena al esfuerzo y la competencia; fomentan conductas cómodas y fáciles que llevan a tirar por la borda los propios compromisos a las primeras de cambio (aborto, ruptura de la pareja, eutanasia); permiten que reine por doquier el imperio de la fuerza. ¿A qué viene después tanta extrañeza y aparente lamentación?
No se crea que este inmenso error (buscar la solución en un prejuicio ideológico e incurrir en la paradoja) sólo es cosa del Gobierno socialista de ZP. También lo ha sido en Baleares con un Gobierno del PP.
Y es que no aprendemos. No se pueden pedir peras al olmo.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 21.07.2007, pag. 10

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