miércoles, 18 de julio de 2007

ESTILO OBSESIVO
Como es sabido, la ideología de género que nos invade está de llevando de hecho a muchas mujeres a comportamientos verdaderamente uniformes y rígidos. Tan es así que, a veces, uno tiene la tentación de integrarlos en lo patológico. En la más benigna de las interpretaciones habría que hablar de estilo obsesivo. Veamos algunos ejemplos.
Hace un tiempo Edurne Uriarte se quejaba de la facilidad para el tuteo que la sociedad actual tiene con las mujeres. Tal familiaridad le parecía excesiva y, desde luego, no era, en su opinión, la misma que se usa con el varón, incluso en el ámbito profesional. Esta supuesta actitud, interpretaba, “…no tiene nada que ver con esas cualidades supuestamente femeninas de la cercanía, de la empatía, de la búsqueda de relaciones horizontales y de igualdad o de la facilidad para el diálogo. Más bien se trata de los últimos restos de algunos males del pasado., de la superioridad desde la que aún se nos juzga en el mundo profesional o de la dificultad con la que se nos reconoce autoridad”.
Decían nuestras abuelas que al corazón del hombre se llegaba a través del estómago. Ahora, asegura Ángela Vallvey, “… son ellos los que han decidido tomar ese camino para llegar a su vez a la víscera principal de las mujeres. O, por lo menos, para quedarse cerca, más o menos por la zona del bajo vientre”. Confía, no obstante, en que no tuviese razón Thomas Deloney cuando dijo que Dios nos envía los manjares y el demonio los cocineros.
Días pasados, “Yo dona” insertaba un debate relativo a los celos (competitividad) profesionales en la pareja. Al margen de compartir o disentir de lo que allí se expresaba, me interesa poner de relieve algunas opiniones de Carmen Roney que inciden sobre la reflexión que queremos presentar. Para la abogada matrimonialista, tales celos profesionales son una manifestación del clásico juego de poder patriarcal. “La mujer, asevera, ocupa una nueva posición y entra en competición con el hombre, quien siente, erróneamente, que se le está comiendo el terreno”. Tan es así que, a la vista de su experiencia profesional, muchas parejas “… se disuelven en un escenario de lucha de poder… A los hombres les gustan las mujeres que trabajan, pero siempre y cuando no adquieran demasiada luz propia, ¡no vayan a eclipsar la suya!”. Tan claro lo tiene esta abogada que no duda en sentar la siguiente generalización: “Hoy, los hombres interpretan el avance femenino en el ámbito público como una pérdida de sus espacios propios y sus ámbitos de poder”.
Ya lo ven. Las cosas se complican innecesariamente. El hombre, haga lo que haga, corre el riesgo de ser mal interpretado. Como diría la periodista Pepa Fernández, siempre “hay gente pa to”. Incluso hay gente, hombres y mujeres, mal educados, que se toman familiaridades que no les han sido otorgadas. Quizás ello tenga que ver con la educación recibida, con una errónea idea de la igualdad, con el sistema de valores existente en la actualidad. Pero me cuesta creer que tales descortesías en el trato las hagan los hombres, que las hacen, por humillar a la mujer, por expresar e imponer su inexistente superioridad. ¿No estarán quienes así lo ven siendo víctimas de la ideología de género, fundamentalista y doctrinaria? ¿No será que dicha ideología les lleva inadvertidamente a un patrón obsesivo de interpretación uniforme de cualquier realidad en la que esté presente el hombre?
Tampoco comparto puntos de vista, y menos con carácter general, como los expresados por Ángela Vallvey y Carmen Roney. Sí que pueden existir conflictos y malentendidos a la hora repartir las tareas del hogar en un esfuerzo conjunto de adaptación a la circunstancia profesional de cada uno. Claro que también pueden tener cabida los celos y la envidia profesionales. Pero, probablemente, se desenvuelven más en la pura y simple condición humana. No es necesario –ni creo que se plantean en este terreno- retorcer tanto la interpretación y ver en todo el mismo hilo conductor (ideología de género): la expresión de la superioridad masculina.
Creo, más bien, que todas estas posibles manifestaciones de la débil condición humana se integran en la lucha, siempre inacabada, por madurar como personas y como pareja. En ella, me parece esencial adoptar una actitud positiva, que podría resumirse en el punto de vista que expuso Pepa Fernández en el referido debate, a saber: “Yo, a la persona que amo, le deseo lo mejor, incluso que profesionalmente le vaya mejor que a mí. Y me sentiré orgullosa de su triunfo”.

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