domingo, 1 de julio de 2007

MÁS SANTOS QUE HORNACINAS
Ya es más que evidente el fracaso de la Ley de violencia de género. Si hacemos un cierto esfuerzo de memoria, recordaremos que, desde la perspectiva de sus impulsores, con dicha norma se iba a erradicar la violencia ejercida sobre la mujer. Se iba, por fin, a luchar de modo integral contra semejante lacra. La mujer, por primera vez, gozaría del protagonismo y del apoyo que exigía y merecía su dignidad. Se fijó de modo dogmático una determinada visión de la mujer, basada fundamentalmente en la ideología de género, que además se instaló en la hornacina de lo políticamente (prefiero hablar de femeninamente) correcto. Y ahí siguen las cosas, salvo voces aisladas que, desde un principio, nos situamos fuera de semejante totalitarismo.
Desde la anterior atalaya, no es posible desmentir la realidad: parece innegable que no se han cumplido, ni de lejos, las previsiones legales. Es más, hay que reconocer que la violencia sobre la mujer ha ido, por desgracia, en aumento no sólo en Baleares sino en el resto de España. Incluso me temo que seguirá habiendo más asesinatos y maltratos a mujeres. Ante este panorama tan desolador y frustrante, sólo es posible pronunciar una palabra auténtica y definitoria de lo ocurrido: fracaso. A esta desigualdad, como decía el otro día Jiménez Losantos, el Gobierno no ha sido capaz de ponerle coto ni cuota.
La situación actual (no contenida por la ley, más bien empeorada) debería llevar a todos –especialmente al Gobierno ZP y al feminismo de género- a una reflexión en profundidad. No se pueden hacer leyes –como la antes citada o la de reforma del Código civil en materia de separación y divorcio- que tocan puntos tan sensibles para la familia y, en consecuencia, para la sociedad civil, sobre la base de complacer sin más a un sector del electorado: la mujer. Menos aún, si, además, se impone de hecho una visión reductora, muy parcial y discutible, de la propia mujer y de su modo de estar en pareja y en familia (incluso superada en el mundo cultural actual), ajena, en muchas de sus manifestaciones, al respeto que muchas mujeres, feministas o no, reclaman con razón.
El tributo pagado al feminismo de género permitió la imposición de lo que la izquierda intelectual más seria ha dado en llamar sus equivalencias (Glyn Daly, Slavoj Zizek) y, a partir de ahí, todo cuanto viene haciéndose en el tema está tan desenfocado, que, en muchos casos, llega a exacerbar al varón, cónyuge y padre. Por mucho que se quiera disimular, lo cierto es que venimos asistiendo a una exaltación dialéctica de lo femenino frente a lo masculino, a impulsar un trato privilegiado para la mujer con la excusa de compensar su pasado de discriminación, a reproducir una contemplación excesivamente individualizada de la mujer sin hacer el hincapié debido en las connotaciones definitorias que conlleva su vida en pareja.
Es, precisamente, esta última dimensión (vida en pareja) la que ha sido, sin duda, postergada en el análisis, en el diagnóstico y en la solución a los malos tratos. Y, sin embargo, difícilmente aparecen desconectados por mucho que la propia ley haya huido de la utilización del término violencia doméstica. Grave error que hace que estemos, a pesar de los ingentes esfuerzos que se realizan, dando palos de ciego. No se ha arreglado el problema con el Código penal, ni con las Ordenes de alejamiento, ni con los nuevos Juzgados, ni dando alas al proverbial victimismo, ni con Fiscales y Jueces, que los hay, instalados en la corrección política. Es más, ni creo que se arreglarán por esta vía.
La clave de la solución -aunque no se quiera ni oír- radica en prescindir de la ideología de género y atreverse a proponer la vivencia de unos valores, como persona y como pareja, que tenemos olvidados. De nada sirve declarar culpabilidades a partir de un código que no se comparte por todos, Parece más maduro y eficaz esforzarse diariamente en un proceso de adaptación mutua que evite el conflicto permanente. Y si, hay que romper la pareja, es necesaria restituir la justicia. Para ello debemos ser muy críticos con lo que está ocurriendo porque, sencillamente, propicia reacciones violentas. Todo aquello de lo que, en la actualidad, huye el feminismo hasta el punto de no querer hablar, como quién ostenta el poder y lo ejerce en la pareja, es esencial para ir acercándonos a la verdad y a la justicia.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 31.06.2007, pág. 10

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