domingo, 18 de febrero de 2007

PONER LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES
Anda nuestro clero penando por los rincones catedralicios su mala conciencia. Han metido la pata hasta el corvejón. En expresión castiza, diríamos que ‘la han cagao’. Son muy conscientes de que casi todo lo que ellos debieron preservar se ha ido a tomar viento fresco. Lo cual, para un verdadero creyente, constituye un testimonio que contraviene aquello que hipócritamente exigen a los demás.
Ellos mismos, en sus moderadas manifestaciones, respiran por la herida. Cuanto han dicho al respecto, me parece, en general, atendible, razonable y ajustado a la realidad. En este orden de cosas, quizás la expresión más acendrada de tan radical lamento clerical pueda resumirse en que, como ha subrayado Antonio Alemany, “no hay el menor atisbo de espiritualidad”. Pero, precisamente por ello, lo ocurrido me parece muy grave. Es más, creo –y en esto comparto la fina perspectiva que ha sugerido mi buen amigo Gil Mendoza- que si algún mensaje contiene la obra de Barceló es la proposición del nuevo Dios (muerto el de los cristianos) vigente en la cultura occidental desde la posmodernidad, el superhombre, que, efectivamente, es, en este caso, el propio artista. Semejante camino de salvación ya hace tiempo que ha acreditado su fracaso más rotundo y, en cualquier caso, está en las antípodas de la fe de los cristianos.
Si algo les era exigible a Mons Úbeda y al Cabildo catedral, sobre todo desde la perspectiva de un cristiano, es que, al margen del valor artístico de la obra a realizar, garantizasen, al menos, una propuesta compatible con la fe que profesa la Iglesia, que se compadeciera plenamente con la interpretación teológica del misterio que pretendían presentar y que no cayera, en modo alguno, en el nihilismo anticristiano por antihumano, por muy presente que estuviese en la cultural actual. Pues bien, en tan trascendental testimonio han fallado estrepitosamente. Resulta que nos proponen un Dios que viene rechazando el Magisterio de los últimos tiempos, muy especialmente de Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¡Vaya mensaje cristiano que se difunde desde la cátedra misma del Obispo!
En este orden de cosas, somos muchos los que nos preguntamos cómo se pudo caer en tan iconoclasta y secular error, cómo un sector tan selecto del clero mallorquín pudo amparar un proyecto de estas características, cómo el Cabildo catedral no se plantó ante una propuesta episcopal que, además de no garantizar la pureza doctrinal de la obra final, presentaba evidentes conexiones políticas sibilinamente personificadas en Mons Úbeda, Bestard y Llabrés junto con la existencia de la sospecha de la búsqueda personal de una cierta perpetuación gloriosa en el tiempo. Aquel era el momento de manifestarse, de superar el miedo, de alzar la voz, de hablar. No debieron ignorar, como dijo el ahora Papa Benedicto XVI, que es “la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. Ahora es ya el tiempo de las lamentaciones y de pedir disculpas.
Como ha dicho Dore Asthon, “el arte contemporáneo está totalmente gobernado por el mercado”. Es decir, por el dinero. Este caso no ha sido –como muy bien sabe el mundo clerical- una excepción. Por eso, sin duda, quiero pensar que lamenta lo ocurrido. Pues bien, he aquí otro punto vulnerable de la actuación de la Iglesia, un verdadero talón de Aquiles. Tiene muy difícil justificación, a estas alturas de la historia, el haber gastado tantas energías en incrementar el propio patrimonio. Se entenderían mejor los esfuerzos realizados si el dinero recaudado se hubiese encauzado en atención a los pobres, a los marginados, a los proscritos de la sociedad consumista. ¿Se imaginan lo que habría hecho, en su día, la madre Teresa con semejante cantidad de dinero? Y, sin ir tan lejos, ¿qué destino piensan que le habría dado Santandreu –aunque sea tan mal visto en los aledaños clericales- a ese dinero?
Espero –tampoco me importa lo contrario- que el mundo clerical en general entienda este deshago moral como la expresión del deber de opinar sobre todo aquello que pertenece al bien de la Iglesia. Cuando tantas cosas, importantes para muchos que somos tenidos por ‘traidores’, se han ido al garete, sólo nos queda la palabra, contar la verdad de lo que ha pasado (Claudio Magris) e intentar no perder la fe y mandarlo todo a paseo. Confieso que, ante actuaciones como la que comentamos, aparecen muchos nubarrones en el horizonte del alma y entiendo, igualmente, que muchos fieles anónimos –e incluso mucha gente de buena fe- se hallen muy confusos. Si, al menos, se aprendiese algo de lo ocurrido, aparecería una cierta esperanza. Ahora, ya no hay nada que hacer. Lo hecho, hecho está, irremediablemente. Me conformaría, por tanto, con el silencio, con la escucha, con un cierto asentimiento, aunque sólo sea interior.
Como se habrá podido advertir, todo lo ocurrido puede que tenga mucho que ver con que la conciencia, como dijo Benavente, “siempre está hecha a la medida” . Esencial principio de sabiduría.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 18.02.2007, pág. 8

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