domingo, 11 de febrero de 2007

ARROJAR LA CARA …
Como sabemos, Grosske se ha mirado, por fin, al espejo y éste nos ha devuelto su verdadera cara. No se me ocurre nada mejor para definir la situación en que, por su propia estulticia, se ha colocado ante la opinión pública, que un romance de Polo de Medina (El buen humor de las musas, año 1637) sobre la vieja que rompió el espejo porque le hacía mala cara. Dice así: “…No es mucho, falso espejo, que te quiebre, si cual fui no puedo ser, y cual soy no quiero verme”. A lo que su interlocutor le replica: “¿En qué el espejo te agravia, siendo el tiempo el que te ofende? Que él te dice la verdad, y tu cara es la que miente”.
Se ve que Grosske, entretenido en laminar al PSM al servicio de Antich, no ha tenido tiempo –y sigue sin tenerlo- para reflexionar sobre la actitud claudicante y aburguesada de la izquierda que dice personificar. Si hubiese leído a Orwell –ha llovido bastante desde entonces- sabría que el gran pecado de la izquierda ha sido apartarse de la realidad social y empeñarse, en palabras de Vargas Llosa, “en encajar a ésta en el esquema de la lucha de clases”, en el clisé demagógico de las viejas tesis como las relaciones de producción y las contradicciones de clase.
Si algo ha puesto de relieve todo el embrollo de Grosske ha sido que sigue anclado en el pasado, en el tiempo antiguo, en las mismas respuestas de siempre, en la obsesión anticapitalista de la que participa plenamente como cualquier hijo de vecino, en la hipócrita escenificación de un decorado de cartón piedra, en la culpabilización de todo cuanto ocurre a la inexistente derecha. No importaba a nadie, Señor Grosske, los metros que tenía su casa ni siquiera si era o no ilegal. Lo que importaba es que, cuando le habían pillado con el carrito del helado, se empeñó en negarlo, se comportó con chulería, arrojó a la opinión pública un órdago a la grande y, cuando lo pierde, no cumple, no se atiene a su palabra. No es cuestión de dar gusto a nadie. Es cuestión de dignidad y compromiso con la propia palabra. Es cuestión de respetarse a sí mismo y al electorado.
El problema de la izquierda –y de la clase política en general- es que ha hecho dejación de los grandes principios. Lo que ocurre con Usted, señor Grosske, es que se ha hecho burgués. ¡Qué le vamos hacer! En consecuencia, lo del compromiso de fondo –¿le suena este programa de Lenin?-, le viene muy largo. Lo de la disposición, que diría Slavoj Zizek, a ponerse a hacer el trabajo sucio, le suena a cuerno quemado. ¡Qué pena! Ya ni siquiera la izquierda es consciente de que no puede ser conformista, de que no tiene excusas, de que es responsable. Es en esta radicalidad en la que el Señor Grosske ha quedado con las vergüenzas al aire. En este marco, y con palabras de Zizek, tengo que decirle señor Grosske que “siento un respeto considerable por la gente que no pierde el valor, por la gente que sabe que no hay escapatoria”. ¿Es Usted uno de ellos? Me temo que esto es lo que ha quedado claro: que no lo es.
Lamento ahora tener que recordar, una vez más, la vieja crítica de Orwell a la clase dirigente británica. Es perfectamente aplicable a la mayoría de los políticos que nos representan. Lo diré con palabras de Vargas Llosa. Dice así: “… cortejo de ‘fantasmas’, ‘cádaveres’ que viven en el pasado, y que se han refugiado en la ‘estupidez’ para no ver su ruina inevitable e inminente, … constituye una familia con los miembros peores en los puestos de mando”. ¡Así de triste es la realidad! La gravedad radica en que es nuestra obra personal.
La culpa de todo lo ocurrido, como es habitual en personas y políticos sin compromiso e inconscientes, la tiene el mensajero, el espejo. Ya han visto como Grosske se ha salido por la tangente y ha quebrado el espejo. La verdad –no lo olviden- no le interesa a tan demagogo personaje. Por ello, con Quevedo le decimos: “Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué”.
Publicado en “El mundo. El Día de Baleares”, 11.02.2007, pág. 10

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