viernes, 9 de febrero de 2007

LA ESTOICA VIRTUD DEL CORAJE
Aunque con muchos años de retraso, el Estado y la Iglesia católica han llegado, por fin, a un acuerdo bastante razonable con respecto a la llamada asignación tributaria. Sólo se han escuchado aisladas notas disonantes en el muy sectario ámbito de cierta izquierda, que tampoco han gozado de mayor resonancia.
No obstante las muestras de sectarismo anticlerical con que nos ha venido obsequiando ZP y su Gobierno, debemos destacar el trasfondo de valoración positiva que les merece la religión. No han sacado, en esta ocasión, a pasear el laicismo trasnochado. Al contrario, no han tenido inconveniente en colaborar con la Iglesia católica al entender que, al ser abrazados por muchos ciudadanos, los valores religiosos católicos merecen respeto y apoyo efectivo por parte del Estado. Es en este punto de partida en el que son posibles, con respeto escrupuloso a su respectiva identidad, muchos otros encuentros de colaboración.
Desde la perspectiva de la Iglesia católica, me parece que, en este acuerdo, han exhibido una discreta, una estoica y cristiana manera de enfrentar su financiación. El coraje, que está en la base de su actitud, se corresponde con su modestia y naturalidad: se trataba de ser coherentes con lo que tantas veces han repetido. Esto es, acreditar que el movimiento (la confianza en el fiel) se demuestra andando. Un camino, que estará lleno de dificultades, pero que, a la postre, le otorgará mayor credibilidad y confianza.
En este nuevo marco de actuación, creo que la Iglesia se está poniendo a sí misma a prueba. Son muchos los esquemas que deberá cambiar, sin hacer caso de las múltiples resistencias que surgirán en su interior. Ha llegado la hora de confiar en los laicos y que sean éstos quienes gestionen su patrimonio de acuerdo con criterios de racionalidad económica y, por tanto, lo hagan rentable. El clero, muy escaso por cierto, ha de utilizarse en otras labores.
Creo, sin embargo, que el gran reto del futuro para la Iglesia católica en España se centrará en la comunicación. Y no me refiero ahora al lenguaje de la acción evangelizadora a fin de hacerse comprender por sus destinatarios. Me refiero a saber vender su trabajo, su verdadero servicio al pueblo. No debiera olvidar que se mueve en un mundo que, hasta cierto punto, le es hostil. No debiera olvidar que, más allá de las manifestaciones de religiosidad, la opinión pública española es muy anticlerical. Así las cosas, no me parece que tenga otra opción que la de intentar cambiar la imagen que se tiene de ella. Empresa nada fácil y sólo posible a medio plazo si se hacen bien los deberes.
Ese es el reto asumido, probablemente no consciente de los cambios que su superación le va a exigir. En efecto, tendrá que abdicar de su prepotencia y comportarse con humildad y sencillez; deberá renunciar a tanta equidistancia calculada como suele exhibir y comprometerse sin tapujos con el hombre actual, con sus problemas y con sus anhelos; tendrá que ser menos doctrinaria e inquisidora y más oferente; no deberá dudar en la defensa y aceptación de la ética de los valores fundamentales; deberá significarse aún más en la defensa de la persona humana, aunque ello le comporte separarse de los poderosos. En definitiva, el pueblo ha de convencerse de que la Iglesia católica, con independencia de la adhesión que le preste a su credo, sirve al hombre, a los pobres y a los oprimidos: que está siempre en la primera línea de las causas de la justicia, de la solidaridad y de la paz.
Si la Iglesia católica acierta en este mensaje, cambiará su imagen y el ciudadano, católico o no, colaborará en su sostenimiento con generosidad. No se diga que todo ello ya lo viene haciendo. Sería un grave error. Hablamos de cambios esenciales como los enumerados y otros muchos más. Todo es cuestión de tener o no la estoica/cristiana virtud de testimoniar con la vida aquello en que dice creerse. Lo demás, incluso la financiación necesaria, vendrá por añadidura.
Publicado en “Última Hora”, 13.10.2006, pág. 38

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