Una de las cuestiones socialmente más trascendentes es, sin duda alguna, la educación en valores. Son muchos los años que llevamos a cuestas la confusión entre educación/formación e instrucción. Confusión que –en términos de apreciación general- padecemos individual y socialmente, al igual que instituciones tan comprometidas e interesadas en el tema como el Estado y los grupos religiosos, en especial la Iglesia católica.
Históricamente hemos asistido, en esta materia, a las más diversas modas cíclicas, que, a su vez, han dado lugar a feroces e inútiles luchas institucionales. En ese contexto, el afán acaparador y exclusivista de la izquierda occidental, política y cultural, ha sido y todavía sigue siendo –como, por ejemplo, en España- proverbial. De hecho se comporta de tal forma que entiende todo el sistema educativo como si fuera un coto personal. Nunca ha visto con buenos ojos la enseñanza privada, sigue luchando contra ella, deslegitima todo intento de intervención de la derecha y está provocando un gigantesco fracaso, que ya nadie pone en duda.
Como en tantas otras cuestiones, hemos oscilado entre opciones pendulares –los extremos-: hemos pasado del rigor y la disciplina estrictos a la tolerancia más laxa y permisiva (no traumar a los niños). Ya sé que este mismo fenómeno lo han padecido y padecen Estados Unidos y, en general, toda Europa. El reciente libro de Amy Chua, catedrática de la Universidad de Yale (Battle Hymn of the Tiger Mother) está causando un verdadera revuelta al contrastar la educación en USA con China. Se trata también de dos sistemas opuestos y pendulares. En ambos casos, se confunde igualmente educación/formación e instrucción.
Hace unos meses, Carmen Rigalt subrayaba una gran verdad: “La educación blanda produce gente adocenada; ésta es la clave del declive americano y occidental”. No le falta razón. La aceptación indiscriminada de los valores del Mayo del 68 lo estamos pagando muy caro. Aquella revolución también ha resultado un gran fracaso. La ética incolora de los nuevos tiempos democráticos y la nueva sociedad de la felicidad paradójica sobre la base del hiperconsumo (Gilles Lipovetsky, La felicidad paradójica, Barcelona 2.006 y El crepúsculo del deber, Barcelona 2.008) pueden orientar cualquier aproximación seria al rumbo de la sociedad actual, que -a buen seguro- nos conducirá a otro gran fracaso.
Y es que no deberíamos darle tantas vueltas. Está comprobado hasta la saciedad que una educación en la que no esté presente el esfuerzo, el mérito, un cierto nivel de disciplina y control es una educación llamada al fracaso. Una educación que no esté basada en valores permanentes y sólidos convertirá la vida en un sin sentido (Herbert Spencer). El problema, en el fondo, reside en que no queremos enterarnos, en que, probablemente, no tengamos valores que trasmitir, en que no nos atengamos, como sociedad ni individualmente, una ética respetable.
En cualquier caso, no deberíamos olvidar que la educación en valores no se realiza primordialmente en el ámbito escolar. En este importante aspecto, comparto el punto de vista de Saramago cuando dijo que “la escuela puede instruir, esto es, impartir conocimientos, pero no educar, inculcar valores, que es lo que antes hacían las familias y que ya no hacen”. Más claro agua. Somos las familias, los padres, quienes no educamos. Lo fácil es echar la culpa a los centros de enseñanza. Pero eso, no es otra cosa que llamarse andana.
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