Esta vez ha hablado el pueblo con claridad y rotundidad. Los resultados del domingo son inequívocos. Como intentamos acercarnos a un estado democrático, el resultado electoral debiera zanjar cualquier causa: el pueblo ha pronunciado una verdadera censura. Aquí también es aplicable el dicho según el cual ‘Roma locuta, causa finita est’.
Una primera reflexión –aunque obvia- nos parece necesaria. El primer responsable que ha provocado la ira del pueblo ha sido, sin duda, el PSOE. Cegado en sus luchas internas, un día se le ocurrió poner al frente del partido un personaje absolutamente gris, sin un mínimo de conocimiento de la historia de España, sin la preparación y experiencia mínimas exigibles y que -para más inri- representaba una izquierda ya caduca y trasnochada. El desaguisado que ha consumado debió ser, en consecuencia, presumible. ¿Acaso se podía esperar algo diferente?
A lo largo de su nefasta gestión –verdadera acción consistente en infernar la sociedad civil, que diría Julíán Marías-, han participado en esta complicidad ‘pecaminosa’ quienes –en dos momentos diferentes- le auparon a la Moncloa a pesar de faltar a la verdad. El elector y votante es responsable –de alguna forma- de lo que haga quién ha elegido, máxime cuando tenía elementos sobrados para dudar de su idoneidad. El voto es un acto de gran responsabilidad. No se puede aupar al poder a quien azuza odios inútiles, divide y falta a la verdad. Es de esperar que nunca más el pueblo olvide esta lección de sabiduría democrática.
También a lo largo de estos siete años de gestión de ZP, el partido socialista ha contraído otra gran responsabilidad. Salvo contadas excepciones, todo el mundo ha callado. Era más rentable participar en el festín pesebrero. ¿La realidad? No importaba, se miraba para otro lado y si te he visto no me acuerdo. Se le aplaudían sus mentiras, sus sectarismos, sus manipulaciones de las instituciones, su ruptura del orden constitucional e incluso –como ha ocurrido en estos pagos- se prestaban a ser instrumento de una gran corrupción democrática: el pacto con UM. ¡Todos, sin excepción, si tuvieran lo que hay que tener, se irían a su casa!
En este repaso de complicidades, no puedo ocultar la que, a mi entender, han cometido los medios de comunicación. Sé que aquí hay que matizar e individualizar mucho. Pero, no estaría de más que los medios, los supuestos intelectuales, los tertulianos y opinadores, se concedieran un tiempo de reflexión. Cada cual sabe muy bien a quién ha servido, en qué solana se ha refugiado, qué ambiente ha propiciado, qué ha jaleado y qué ha silenciado. En muchos casos –no parece que pueda negarse- han servido conscientemente de anestesia antidemocrática, han justificado -sibilinamente, al menos- las tropelías del poder y no han cumplido la función constitucional asignada: ser creadores de una auténtica opinión pública. ¡También aquí es urgente un cambio si queremos regenerar el sistema!
Recuerdo, para terminar, un dicho de José Martí, que no me resisto a transcribir en este día postelectoral. Dice así: “Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles, y otra para quien no les dice a tiempo la verdad”.
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