domingo, 16 de septiembre de 2007

INFERNAR LA SOCIEDAD
El Diccionario enciclopédico de la Lengua española, en su edición de 1875, atribuye a la palabra infernar un uso metafórico consistente en “inquietar, malquistar, perturbar, irritar”.
Como precisa Julián Marías, tal vez incluya todo eso y algo más. Precisamente, aquello que dice relación con el sentido originario del término (infierno): actitud negativista, realizada con cierta mala intención, que busca siempre enemistar a unos con otros, alterar la convivencia familiar y/o social, mover a ira o enfado, ensuciar el alma del cuerpo social, sembrar divisiones, actuar desde el rencor y el descontento. No encuentro un término más preciso para entender la realidad política y social mallorquina.
Si miramos a nuestro alrededor y tratamos de interpretar lo que ocurre –últimamente, con una intensidad que debiera causar gran alarma-, advertiremos que muchas personas parecen acreditar una específica vocación para infernar. ¿Quién no ha tenido que soportar situaciones complicadas en reuniones familiares y de amigos, junto a la barra del bar, en la oficina o en fiestas y celebraciones? Siempre aparece el sectario de turno, que, desde la maldita política y muy especialmente desde posiciones nacionalistas, acaba por aguar la fiesta. Siempre te tropiezas con alguien que aprovecha cualquier ocasión para descalificar, insultar, denigrar, enemistar. Tampoco es infrecuente toparse con quien, si se te ocurre ejercer la libertad, pone en práctica la coacción del desprestigio. Existen demasiados individuos, anulados e instrumentalizados por la maldita política, ignorantes absolutos de cuanto gritan, resentidos y previsibles, que no saben hacer otra cosa que no sea desprestigiar por la espalda. Lo más honroso con que se les ocurre distinguir a los demás es colgarles el sambenito de facha. ¡Qué pena!
Con ser lo anterior muy grave, entiendo, sin embargo, que el mal radica en otras latitudes. Existen en Mallorca grupos organizados –debidamente engrasados con la insultante subvención pública-, instituciones religiosas y civiles, partidos políticos que se dedican con ahínco y tesón a infernar. Están en boca de todo el mundo. Todos ellos están pensados para servir al hombre, para hacerle feliz, para proteger sus derechos, para lograr una convivencia en paz y justicia. Sin embargo, sirven de hecho –en clara traición a su razón de ser- a todo lo contrario.
La actuación de los misioneros de los Sagrados corazones en relación con la ubicación del Hospital de referencia ha constituido un verdadero desatino. Las huestes del Padre Amengual –el verdadero responsable de tanto desvarío religioso- han servido a fines espúreos, han dividido a la gente, han escandalizado, han apartado a muchos de la Iglesia, han perturbado las conciencias, se han hecho uno con el poder de este mundo, han enseñado la oreja. ¿Qué van a hacer ahora? Me temo que, como antes, el ridículo. Ellos mismos se han colocado al borde del precipicio. ¿Acaso están dispuestos ahora a traicionar sus convicciones a cambio de un plato gubernamental de lentejas? ¿Acaso se encerrarán, como anuncia el Padre Vallespir en su despedida- en una defensa a ultranza, que evite reconocer su previo error? Hagan lo que hagan, mal, muy mal lo tienen.
Una cosa, sin embargo, han aportado a la comunidad de creyentes: han dado la oportunidad para que Mons Murgui –con el traslado a Lluc del Párroco de la Real- haya podido, por fin, sacudirse, en parte, las presiones del sector catalanista del clero mallorquín.
La actitud del PSM, IU y PSOE se distinguió por infernar la sociedad antes de las elecciones del 27-M. Nunca les importó un comino la protección de la Real. Se pusieron al frente de la manifestación, movilizaron el odio y el rencor, mintieron al pueblo, utilizaron los sentimientos religiosos de la gente. Y, ahora, ¿qué? Pues muy sencillo: si te he visto, no me acuerdo. Conseguido el poder y la manduca, los Antich, Aína Calvo, Armengol les vuelven la espalda y exhiben una caradura infinita. Lo de siempre. Tornan a infernar, a sembrar el cabreo, el descontento, la traición y el rencor.
En todo caso, cuantos han caído en la trampa, me permito la libertad de recomendarles un texto que mi paisano Sánchez Dragó tomó de una cartela de un monasterio budista en Bali: “Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia”.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 16.09.2007, pág. 13

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