DEL MAL, EL MENOS
Desde mucho antes del inicio de la campaña electoral, he venido escuchando frecuentes voces quejumbrosas frente al PP. He creído percibir, en amplios sectores de su electorado tradicional, una cierta y justificada indignación ante manifiestas complicidades con la Princesa y ante algún que otro comportamiento de algún cargo institucional. En el fondo, siempre se hacían eco de una acusación explícita de una cierta ausencia de principios éticos en algunas políticas que impulsaba el Partido. En este punto –comprendo y, en parte, comparto sus razones-, la sensibilidad estaba y está a flor de pie.
En coherencia lógica con tan radical planteamiento, pretenden ahora canalizar su indignación –están en su perfecto derecho- mediante la anunciada retirada de su apoyo: abstención o voto en blanco. Sin embargo, al margen de la buena nota que debiera tomar el Partido para no reincidir en ciertos comportamientos tan alejados de los principios éticos, me voy a permitir la licencia de proponerles una reflexión que estoy seguro sabrán recibir. La hago también desde la misma o parecida preocupación: la presencia de la ética en la acción política.
Una primera aproximación consistiría en hacerles ver que no es función del político, incluso aunque sea católico, tratar de “imponer por la fuerza la doctrina del Evangelio. A nadie se le ocurriría proponer el sermón de las bienaventuranzas como carta fundamental del Estado” (Martín Patiño). Tan elemental criterio da la impresión de que es ignorado, precisamente, por ciertos sectores del electorado del PP, que, por ello, corren el riesgo de impulsar y escorar el Partido, demasiado e innecesariamente, hacia la derecha. Estarían –dicho con claridad- propiciando un cierto fundamentalismo doctrinario y sectario, parecido al que tanto condenan en la izquierda zapatera.
A partir de las propias quejas que formulan, les diría, desde mi amistad con muchos de ellos y desde la autoridad que me otorga el haberles escuchado, que tengan delante de sí lo mucho que está en juego. Ninguna otra posible opción política les va a garantizar nada de cuanto echan en cara –repito que con bastante razón- al PP. ¿Acaso piensan que lo hará la Princesa y/o la izquierda? No votar al PP, su opción tradicional –las cosas están de tal forma que un solo voto puede ser esencial-, significa dar apoyo al pasado, al desastre, al desgobierno, a desandar el camino, a volver a las andadas, a empobrecer a la gente. Pero, sobre todo, significará apoyar el derrumbe definitivo, por ejemplo, de aquellos valores en materia educativa y de familia, que tanto dicen apreciar. ¿En qué justificar su falta de impulso, precisamente por quienes, como ustedes, reclaman su vigencia efectiva? No votar a Matas, significará hacer posible el triunfo socialista y, en consecuencia, apoyar, entre otras cosas, la opción nacionalista y sectaria. ¿Es esto lo que desean?
Evidentemente podrán alegar que, comprendiendo la situación descrita, no están dispuestos a abdicar de sus principios éticos, que consideran absolutos e inmutables. Respetando tal posicionamiento –aunque formularía ciertas matizaciones-, me gustaría sugerirles, con Martín Patiño, que la acción política “no consiste siempre en la realización inmediata de esos principios absolutos. La acción política tiene que mirar a la realización concretamente posible dentro de una determinada situación”. En nuestro caso, la actual, la de hoy mismo, la que está sobre la mesa, la de optar entre Matas o Antich y el convoluto que le acompañaría. He ahí el dilema y la responsabilidad de cada cual.
A partir del hecho cierto de que no es posible pedir peras al olmo, me parece que el criterio ético a seguir es el de optar por el mal menor o, si se prefiere, optar por no apoyar, directa o indirectamente, el mal mayor. Comparto –vuelvo a reiterar- que muchos electores rechacen abiertamente ciertos comportamientos que están en el ánimo de todos –yo también los deploro-, pero, no obstante todo ello, creo que lícitamente se puede ofrecer el apoyo a propuestas de candidatos, que se saben más positivas, que tendrán menores efectos negativos, que, en la mayoría de los casos, están más en armonía con las propias convicciones. Por si no les acaba de convencer mi propuesta, les diría que se leyesen la encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II y seguro que la aceptarán sin discusión.
La consecuencia me parece clara: hay que ir a votar. Lo contrario, dadas las circunstancias concurrentes, me parece una irresponsabilidad. En todo caso, aplicar el consejo de Fedro: Del mal, el menos.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 27.05.2007, pág. 10
lunes, 28 de mayo de 2007
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