lunes, 4 de abril de 2011

COMO SIEMPRE LAS HA HECHO Decía Ortega que “sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. Precisamente, esto es lo que ocurrió cuando los socialistas, con la Ley 15/2005 de 8 de julio, sacaron adelante una reforma del Código civil en la que la guarda compartida se entendía siempre como algo ‘excepcional’. Ni el Legislador ni el feminismo militante pensaron en grande, con altura de miras. Al contrario, se aferraron, en busca del voto, a la aparente y coyuntural ventaja (alimentos de los hijos y uso de la vivienda que fuera conyugal), que ofrecía el sistema tradicional, e impusieron la pervivencia de la tradición. La trampa era evidente. Muchas mujeres –impulsadas por el hacer diario de ideologizados Jueces y Fiscales junto con abogadas feministas- no supieron ver que se les ofrecía un favor envenenado, que, con el tiempo, lamentarían amargamente. Aunque semejante ‘progresismo’ feminista pudo ser bien visto inicialmente pues servía al afán de venganza y al pase de cuentas que suele inspirar la ruptura conyugal, lo cierto es que la mujer, al aceptar tal sistema, se verá obligada a ocuparse en soledad del cuidado y educación de los hijos, a sacrificar su vida personal y social, a renunciar a su tiempo libre, a propiciar que los hijos crezcan sin la presencia de uno de las figuras simbólicas de referencia (esencial para su crecimiento sano),a consolidar aquello en contra de lo que tanto ha luchado: evitar seguir siendo la reina esclava del hogar. La mujer, en definitiva, se ve, en muchos casos, sin poder desarrollar su propia vida, estresada y agobiada por el trabajo y los problemas de casa, envuelta en una intensa asfixia y ansiedad por la soledad que experimenta. El varón y padre, por el contrario, es, de alguna forma, marginado de las preocupaciones familiares, se limita, en muchos casos, a cumplir las obligaciones económicas que le han impuesto pero con un ‘abandonismo ‘ real de su familia, esto es, del cumplimiento efectivo de la función simbólica paterna. Vive y disfruta, en cierta forma, a sus anchas de su tiempo y libertad. Estas son las cosas que propicia el ‘progresismo’ feminista y la ideología de género, que muchos Jueces y Fiscales identifican con el contenido de la Ley. Estas son las cosas que nuestro Parlamento –hace unos días- estaba dispuesto, con los votos de la egoísta e hipócrita izquierda, a aprobar con la Ley de igualdad. Lo que ya es realidad en muchas Comunidades autónomas (Cataluña, Navarra, Aragón, Valencia, etc.) se rechazaba aquí merced a los ‘progresistas’. ¡Lo que hay que ver y oír! Como hemos subrayado recientemente (La custodia de los hijos. La guarda compartida: opción preferente, Pamplona 2010, págs. 255 y ss.), semejante actitud no tiene nada de ‘progresista’, ¿Qué clase de ‘igualdad’ patrocinan estos ‘progres’ en virtud de la cual la mujer y madre -una vez consumada la ruptura conyugal- habrá de ocuparse sola de los hijos? En mi opinión, “aunque sea duro reconocerlo, probablemente sea el justo castigo al egoísmo acaparador y el fruto maduro de tanta manipulación como suele exhibirse en estas cuestiones. Aunque sea duro reconocerlo, probablemente sea el desquite de la realidad a tanta superficial prepotencia y a tanta vacuidad como, desde los más variados ámbitos culturales, hacemos que, de modo irresponsable, oriente la realidad familiar” (Ibidem). La triste realidad que experimenta debería llevarle a la mujer y madre a romper el círculo en el que ella misma se encerró. La vida ya le ha enseñado el grave error cometido respecto de los hijos comunes y respecto de su propia vida personal. ¿Qué sentido tiene seguir sin modificar las cosas? ¿Realmente la situación que sufren a diario es lo que quieren? Personalmente pienso que se cumple –una vez más- el dicho de Wayne Dyer para quien “el progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas tal como siempre las ha hecho”. Nada ha cambiado. Seguimos con el patrón más tradicional. Esta es la realidad: el progresismo feminista propicia semejantes paradojas.

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