EL SAGRARIO DEL HOMBRE
El otro día (El supremo don del espíritu) reivindicaba, frente a la añoranza de uniformidades, miedos y verdades únicas, la libertad de conciencia en la Iglesia católica. No sé por qué, pero intuyo que amplísimos sectores de la Iglesia no han comprendido o profundizado suficiente en el texto del Apóstol Pablo a la Comunidad de Galacia: “Cristo nos ha liberado para la libertad” (Gal, 5, 1).
Libertad que hay que conquistar a diario en la propia Iglesia, de donde, en mi opinión, procede su principal amenaza. Baste recordar los innumerables cristianos que han debido afrontar graves conflictos de conciencia, precisamente, porque la Jerarquía católica no supo respetar los límites que le impone la libertad de los hijos de Dios. No todo es dogmático en la doctrina de la Iglesia.
Desde esta perspectiva, fue una maravillosa bendición el reconocimiento inequívoco de la libertad de conciencia, que nos regaló Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris. Sin embargo -oh misterio insondable-, ha sido, en gran parte, olvidada y despreciada con posterioridad. No obstante lo cual, conviene subrayar que “... se impone incluso frente al dogma, el cual nunca debe admitirse si va contra la conciencia” (Hans Küng).
Como esta alusión al teólogo suizo, será tachada por muchos poco menos que de herética, les ofrezco el pensamiento de otro gran teólogo conciliar, tampoco bien visto en su día en ciertos grupos eclesiales. Decía así: “Aun por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. No se asusten. Ese teólogo era Joseph Ratzinger.
Para comprender estas palabras en toda su dimensión para la vida, me parece muy aconsejable releer el n. 16 de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Claro que si se uno se confiesa como ‘no entusiasta con el último Concilio ecuménico’ (F.J.F de la Cigoña), difícilmente se tomará esa molestia. Eso sí, después repartirá mandobles condenatorios.
En cualquier caso, hablar de conciencia, como dijera Sartre es siempre “conciencia –de-algo” y, por tanto, como concluye S. Pániker, “no puede entenderse como una interioridad espiritualista ni como un principio metafísico aislado del mundo”. Lo cual es tanto como dejar de colocar al hombre como centro de la realidad. Sin embargo, este modo de entender las cosas no encontrará fácil acomodo en la sociedad actual. Sigo entiendo el mundo y la realidad como algo siempre en función y al servicio del ser humano.
lunes, 17 de enero de 2011
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