FRANJAS LUNÁTICAS
Tengo la impresión de que vivimos ensimismados en la culminación de la modernidad. Obnubilados por el presente, por el goce de la vida, por el cambio diario, por la perpetua novedad, por la rabiosa moda, no advertimos la presencia inquietante de elementos, ideas, posicionamientos y acciones que pueden dar al traste con la convivencia democrática. Ya decía George Orwell que “ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante”. No le faltaba razón, aunque para muchos parece misión imposible.
Estamos en pleno proceso electoral. Son muchas las cosas que están en juego. Probablemente, como nunca lo han estado. Muy especialmente la opción decidida por la libertad y por la ética en el ámbito de la acción política. Está pendiente el inicio –de una vez por todas- de esa necesaria y nueva revolución, que sólo triunfará a partir de la reacción de la base, del ciudadano, del electorado. Ello exige actualizar y hacer presentes las convicciones y valores individuales, que tienen mucho que ver con no erradicar lo religioso de la vida pública. Quizás ello explique, en gran parte, el sectarismo con el que se ha prodigado el Gobierno socialista.
Cuando las distintas opciones políticas quieren hacernos creer que merecen nuestra confianza y demandan nuestro apoyo, no están pensando, ni mucho menos, en esta necesaria revolución a favor de la propia identidad salvadora del ciudadano. Hoy por hoy, hablando en general, a las fuerzas políticas (y, sobre todo, a la izquierda y a sus apoyos políticos y mediáticos) les trae sin cuidado la moral -cualquier moral-, la verdad e, incluso, la libertad. Sólo les importa el poder y no para servir al ciudadano sino para servirse a sí mismas. ¿Es posible una corrupción mayor? ¿Puede concebirse un ejercicio más adulterado del poder (entregado a nuestros representantes) que su utilización en nuestra contra?
En este contexto de lucha por recuperar una cierta vigencia ética en el ejercicio del poder político –verdadera aportación de las grandes revoluciones que alumbraron la civilización occidental- y de salvaguardar la libertad individual, me parece un auténtico retroceso, un mear fuera del tiesto, una verdadera corrupción del sentido mismo del poder, ese sonsonete descalificador e irrespetuoso, que habitualmente utiliza la militancia socialista. Estamos ante una preocupante ‘franja lunática’, que diría Humberto Eco, que divide, que crispa, que perturba gravemente la convivencia democrática.
Cuando, por ejemplo, se defienden, con toda legitimidad, estas posiciones u otras parecidas, no coincidentes con las suyas, o se ejerce la crítica desde perspectivas diferentes, muchos de ellos no se atreven a debatir el tema –¿será por ignorancia?- y optan –siguiendo el manual del hombre de izquierda extrema- por una descalificación radical y sectaria, que, por supuesto, no manifiestan, en su cobardía, delante de quien ofenden. Prefieren, en un gesto ineducado (hablar por lo bajo) o en ausencia de quien descalifican, insistir en que es un ‘fascista’, un ‘franquista’, un ‘neonazi’. Eso sí, ellos son ‘progresistas’, reparten los carnets de democracia y responden –no faltaba más- al insulto con una sonrisa, que diría Rodríguez Zapatero. ¿Sabrán qué es eso del pluralismo político (Art.1 Const.), de la tolerancia, del respeto a los demás y de la buena educación? Personalmente –me gustaría que las cosas fuesen de otro modo-, lo dudo.
Igualmente entiendo como pervivencia de una muy grave ‘franja lunática’ el distinto rasero con que el Estado –gestionado ahora por los socialistas- se acerca al fenómeno de la corrupción según que sus protagonistas pertenezcan a una u otra fuerza política. Es evidente la utilización de los resortes del poder en un sentido absolutamente ajeno a su razón de ser –verdadera inmoralidad-. Lo estamos verificando entre nosotros. La simple mención de Andraitx, Ibiza y María Antonia Munar evoca la diferencia de trato y la ausencia de proporcionalidad.
Es preciso, como grita Saramago, decir no, aunque sea una voz que predica en el desierto. Es preciso, ante el silencio cómplice de la izquierda frente a lo que está ocurriendo, convertir las próximas elecciones en un referéndum moral en el que nadie tiene derecho a abstenerse.
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares”, 29.04.2007, pág. 10
domingo, 29 de abril de 2007
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