miércoles, 28 de marzo de 2007

UTOPÍA UNIVERSITARIA
Después de ciertas dudas, he decidido expresar en la plaza pública algunas ideas en torno a la Universidad. Lo hago convencido de que “la duda, como nos aleccionó el gran Stefan Zweig, es la madre de las ideas” y en la esperanza de abrir paso a un debate que, por increíble que parezca, se ha rehuido en el proceso de elección del próximo Rector. Muy poco podemos esperar del futuro inmediato de la UIB cuando no ha existido una diversidad de propuestas sobre las cuestiones de fondo.
Mi percepción me dice que seguimos empeñados –la clase política y los propios universitarios- en renovar la institución universitaria sin preguntarnos en qué consiste, ahora y en este momento. Lo cual conlleva, como contrapartida, un continuo esfuerzo inútil, que sólo se ha traducido en una verdadera maraña de normas administrativas y organizativas, pero que, en modo alguno, han impedido la incestuosa endogamia y el nepotismo más descarado. Llevaba razón Alejandro Llano, cuando dijo que “a la Universidad actual lo que le sobra es organización. Lo que le falta es vida”. Dicho de otro modo, “todo en ella está preestablecido y domeñado…”(A. Gala) de tal forma que, en realidad, es mal territorio para ejercer la libertad, “ya sea de cátedra, ya de inteligencia”. Sin recobrar en plenitud tal libertad, no estará en condiciones de ofrecer una de sus más significativas señas de su identidad: la capacidad de innovar.
En este contexto, es muy posible que la cacareada autonomía de la Universidad –eje central del sistema- deba de ser meditada de nuevo a fin de impedir que “el Estado acabe desentendiéndose de ella” (Sosa Wagner), como está sucediendo, y se vea impelida a luchar sola por su subsistencia. Si tuviésemos el coraje de contemplar la realidad universitaria con un mínimo espíritu crítico, probablemente llegaríamos a la conclusión de que nos han importado mucho más los sistemas que las personas (Leopoldo García Alas), que seguimos improvisando y que la autonomía, “ha permitido meter de matute en la vida universitaria mucha mercancía de contrabando y la mayor parte de ella averiada” (Sosa Wagner) hasta el punto de que siga siendo un poderoso “artefacto gremial y en buena medida lugareño”.
Todos los candidatos –no muy conscientes de las limitaciones financieras- han apostado por proseguir un camino ya iniciado y que, a mi entender, se ha demostrado profundamente erróneo: la apertura de nuevos centros. Con mi buen amigo Camilo José Cela, estimo que “no se trata sólo de poner sino también de quitar, de elegir entre la multitud de estudios posibles”. Querer una UIB de calidad no se compadece con “mantener la actual oferta” (Ibidem). Menos aún, con ampliarla. ¿Por qué no se establece un respetable sistema de becas que permita salir de la roca y recibir una formación de mayor calidad? Desde luego sería bastante más rentable, incluso desde la perspectiva del coste financiero.
Hace unos años Pedro García-Trevijano subrayaba una obviedad, hace tiempo ignorada por todos. “La Universidad, decía, debe formar profesionales, pero también, y no es menos significativo, personas”. Me temo que, para mayor inri, no consiga ni lo uno ni lo otro. Las causas que hay que afrontarlas, si queremos caminar en la buena dirección. Tenemos la Comunidad autónoma con más fracaso escolar (40%), con un índice altísimo de analfabetismo funcional (50%), con un una sociedad sin hábitos culturales. Con tales mimbres, ni la UIB será socialmente valorada, ni universalizará los conocimientos, ni será un lugar para el aprendizaje total. Todo se difuminará en una ‘titulitis’ mercantilista o en una especie de agencia de colocación. Eso sí, con el impulso final nepotista o de clientelismo político. Tampoco, en el logro de tan esenciales objetivos, hemos de excluir la necesaria ‘poda’ (C. J. Cela) en relación con el profesorado. Los métodos de selección del mismo han de ser más rigurosos, pasar ‘la cuarentena’ del desierto (G. Steiner), acreditar en serio su competencia y, en general, distinguirse de verdad por su ilustración.
Frente a la opinión generalizada, creo que, por el contrario, es urgente ‘despolitizar’ la UIB, abrirla al mundo, fijarse un horizonte mucho más amplio que el del campus actual (Lluís Quintana Murci) y pensar que “un mapa en el que no estuviera dibujado el país de la utopía, no valdría la pena ni echarle una ojeada” (Oscar Wilde).
Publicado en “El Mundo. El Día de Baleares, 28.03. 2007, pág. 20

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