TRASQUILAR A CRUCES
Ya en otra ocasión solicitamos para los díscolos frailes del Monasterio de la Real y, sobre todo, para su iluminado Superior la pena que estableciera el IV Concilio de Toledo, consistente en trasquilar a cruces, es decir, “sin orden, cruzándose las tijeretadas al modo en que se trasquila a las ovejas”. No se hizo (entre otras cosas, por la manifiesta debilidad de Mons Murgui) y han vuelto a reincidir (ahora con el protagonismo añadido del líder espiritual de la Plataforma, el padre Juan Francisco March) en conductas cada vez más gravemente atentatorias al espíritu de lo que dicen representar.
A partir de su confesada devoción a San Bernardo de Claraval, les sugerí en su día que, para deshacer el entuerto y el escándalo que estaban generando, dedicasen un tiempo a releer sus obras y así empaparse de su verdadero espíritu. Me atreví a recomendarles la lectura del De laude novae militiae. Allí podrían encontrar esta acusadora pregunta: “¿Cuál es ( ... ) ese inconcebible error, esa inadmisible locura que hace que gastéis para la guerra tanto esfuerzo y dinero y no recojáis más que frutos de muerte o de crimen?”. La pregunta se las trae y viene, con algunas matizaciones, como anillo al dedo a la desviada y pertinaz conducta de la comunidad religiosa.
Los reporteros de IB Confidencial han puesto en el terrado lo que todo el mundo sospechaba. Ahora la oposición, que ha quedado con las vergüenzas al aire, patalea. Se ha evidenciado que estaba detrás del tinglado. Como casi siempre, con tapujos, sin dar la cara, manipulando a la gente, escondiéndose y tirando la piedra. Los ciudadanos, por supuesto, tienen todo el derecho de asociarse para lo quieran. Pero también tienen todo el derecho de no ser manipulados en sus legítimos objetivos. Si, por el motivo que fuese, se prestan a ello –en este caso, así ha sido-, no deben extrañarse que recaiga sobre ellos la crítica.
En todo este indecente e inmenso gatuperio, ha existido un protagonismo excepcional, que ha brillado con singular desdén. Los monjes de la Real –escribí en otro momento-, aunque nunca lo han querido percibir así, se han dejado utilizar e instrumentalizar al servicio de intereses que nada tienen que ver con la vida religiosa. Han aceptado y bendecido, en estos tiempos –qué ya es decir-, una forma clara de cesaropapismo, esto es, se han prestado al control y al uso de la religión por parte de los políticos de la oposición para sus fines propios. Unos y otros –oposición y monjes- han acreditado su falta de escrúpulos y de respeto al ciudadano. No han ido con la verdad por delante. No han tenido reparo alguno al unirse en un extraño maridaje, absolutamente ajeno a las exigencias de la laicidad del Estado. ¡Vaya cuadrilla de ‘progresistas’ que exhiben ahora las esencias de la unión del trono y el altar!
En el colmo de la locura, de la soberbia y de la ignorancia de su papel en el mundo, los teocráticos monjes de la Real no se atreven a formularse la gran pregunta de San Bernardo. Me temo que, sin enterarse, han presentado, como dice Sèbastien Charles, a la luz del día las paradojas de la hipermodernidad. Ellos, precisamente, que deberían ser ‘luz del mundo … que alumbre a cuantos hay en la casa’ (Mt. 5, 15). Entretenidos en el juego de la política mallorquina, no les ha dado tiempo a reflexionar sobre estas palabras de Casanova: “cuanto más se esfuerza la religión por transformar el mundo en un sentido religioso, más se enzarza en los asuntos ‘mundanos’ y queda transformada por el mundo”. Obvio, aunque estos monjes no se hayan enterado. Demasiada ideología política, demasiado fariseísmo. Muy poca teología católica. ¡Qué pena!
Como se trata de una persistencia en el error y en el desvarío, como han vuelto a reincidir, como todo ha salido a la luz, como ya no son posibles excusas de ningún género, es absolutamente necesario un golpe de timón, que enderece el rumbo del Monasterio. El escándalo, desde la perspectiva del creyente, me parece mayúsculo. El Obispado no puede seguir mirando para otro lado. Son muchas las cosas que están en entredicho. Entre otras, la propia autoridad y credibilidad de Mons Murgui. Es urgente, por tanto, imponer el sentido común y cortar por lo sano.
En el orden civil, ya han recibido su merecido, perdiendo cuantos procesos han instado. Los creyentes podemos castigarles con método muy expeditivo: retirándoles el apoyo económico. En el ámbito eclesiástico, la autoridad podría también aplicarles la antigua pena de trasquilarlos a cruces.
Publicado en “El Mundo. El Dia de Baleares”, 9.03.2007, pág. 8
viernes, 9 de marzo de 2007
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