domingo, 9 de octubre de 2011

CONTRA EL MUNDO ENTERO

Toda mi vida he buscado ser coherente con mis propias convicciones, muy especialmente en lo relativo a la trascendencia o, si se prefiere, a una actitud ética ante la vida. Como Stefan Zweig, nunca he tenido “la intención de convertir a los demás a mis convicciones. Me bastaba con manifestarlas y, sobre todo, poderlas manifestar claramente”. Esta actitud siempre la subrayaba, en la primera clase de cada curso, a mis alumnos universitarios. Nada que saliese de mis labios sobre los más variados temas -incluso religiosos y morales-, debían tomarlo como válido para su vida personal. Al contrario, esa decisión sólo pertenecía a ellos una vez que lo sometiesen “al dictado de la razón y a la voz de la conciencia”.


Semejante utopía me ha proporcionado múltiples sinsabores, pero, sobre todo, me ha servido para merecer el honroso título de ‘traidor’ y la censura más severa respecto de mis opiniones. Sé muy bien en qué consisten la ‘damnatio memoriae’, los intentos de reducirle a uno al olvido, la práctica sistemática de la marginación, utilización -si les conviene- de tus escritos sin citarte, desprestigio personal y profesional por principio. Un modo de actuar centenario en la Iglesia que, en nombre de la voluntad divina, se sitúa en las antípodas de la justicia y la caridad.


Como decía el poeta de mi tierra de origen, Antonio Machado, uno -aunque a estos hipócritas inquisidores les parezca imposible-, también tiene en el corazón la espina de una pasión. Hace mucho tiempo que logré arrancármela. Lucho, sin embargo, porque no deje de sentir el corazón.


Ahora resulta que Benedicto XVI parece dar acogida a muchos planteamientos y críticas que, hasta ahora, han merecido la condena y marginación de los dispensadores de autenticidad cristiana. En su reciente viaje a Alemania ha subrayado que la Iglesia necesita “una fuerte renovación”, que tiene que “despojarse” de su riqueza terrenal y de su poder político y abrirse a las preocupaciones del mundo. Es más, para él los momentos de secularización han sido positivos en la medida que han obligado a la propia Iglesia a purificarse. Todo un programa de cambio que, en mi opinión, puede integrar el contenido de la recientemente impulsada nueva evangelización europea.


Uno, por fin, se siente reconfortado en la libre fidelidad a sus convicciones, incluso, como sostenía Rolland, “en contra del mundo entero”.

No hay comentarios: