jueves, 11 de junio de 2009

PASAN POR VERDADES
Una vez más, Benedicto XVI ha vuelto a acreditar su coraje y su compromiso con ciertas posiciones. En el Estadio internacional de Ammán abordó una cuestión todavía pendiente: la dignidad de la mujer. No recuerdo a ningún líder político que se haya atrevido a hablar tan claro en países islámicos. Nuestro ZP con su alianza de civilizaciones –tampoco sus ministras de cuota- no se ha atrevido jamás a alzar su voz y a reivindicar tan noble y necesaria causa. Hay que tener las convicciones y el coraje que sólo acreditan, de vez en cuando, personajes excepcionales. El Pontífice romano lo es.
Su mensaje al mundo musulmán revela una profunda esperanza. El problema de fondo –al margen de la visión concreta que se atesore acerca de la mujer- tiene que ver con un deseo intelectual: que ‘los musulmanes, que rinden culto al Dios creador del cielo y de la tierra y que ha hablado a la humanidad”, puedan llegar, en su reflexión teológica, a armonizar fe y razón. Algo que hizo el cristianismo desde sus inicios al aceptar, de alguna forma, la razón griega (el pensamiento helenístico), ya presente, en parte, en la reflexión teológica judía. Hablamos, en palabras del Profesor J. Monserrat Torrents, de “construir un sistema racional de la fe bíblica”.
A propósito de este mensaje papal, Gabriel Albiac se preguntaba –hace unos días- sin ambages: “¿hay lugar en el Islam para un discurso autónomo de la razón, para un fundamento no teocrático de la política?”. Dicho de otro modo, ¿será capaz la teología musulmana de llegar, en su reflexión, a un estado tal que incorpore o haga suya la razón de los derechos humanos? La respuesta me parece muy complicada, tremendamente compleja, aunque esperanzadora.
La dificultad reside en que en el islam, a diferencia de lo que ocurre en las otras dos grandes religiones monoteístas, “la palabra de Dios se hizo libro”, como ha afirmado Hans Küng. El Corán, libro vivo y sagrado, noticia de la revelación definitiva de Dios, es inalterable y no sujeto a interpretación. No será fácil dar acogida en su seno al otro en contra del tenor literal del texto sagrado. Benedicto XVI lo sabe, desea y espera que, a pesar de las dificultades, se llegue a conquistar esa meta. Va en ello, entre otras cosas, el respeto a la condición humana y a sus derechos.
Lo demás, las opiniones tópicas de la izquierda sobre el Papa Razinger –cuya figura les viene sorprendiendo cada día- no dejan de ser, como diría Vargas Llosa, “…mentiras tan bien hechas que pasan por verdades”.
Gregorio Delgado del Río

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